La democracia en Argentina, un sistema que muchos consideran natural, es en realidad una construcción histórica llena de matices y desafíos. Para quienes nacieron después de 1983, la posibilidad de votar, expresar opiniones, manifestarse y debatir sobre temas políticos parece ser un derecho adquirido. Sin embargo, es fundamental recordar que estas libertades son el resultado de luchas y sacrificios de generaciones previas, que se enfrentaron a un régimen de terror que buscó silenciar a la disidencia a cualquier costo.
Las generaciones más jóvenes, como la mía, nacida a principios de los años 90, no vivieron directamente el horror del terrorismo de Estado, pero sí son herederos de sus secuelas. La búsqueda de justicia por los desaparecidos, la lucha por la memoria y la verdad, así como las cicatrices económicas y sociales que dejó la dictadura, son parte de nuestra realidad cotidiana. En este contexto, una de las frases más preocupantes que perduran desde esos tiempos oscuros es: “preocúpate solo por ti mismo, no te metas en política”, una idea que resuena y se reproduce en la cultura popular, desalentando la participación cívica.
Participar en política, o en otras palabras, preocuparse por el bienestar del otro, constituye una acción democrática esencial. Tener memoria no implica quedar atrapado en el pasado, sino más bien reconocerlo para evitar que se repitan las atrocidades. Es un ejercicio de responsabilidad social que permite identificar y rechazar prácticas como el robo de identidad, la privación de la libertad, la tortura y la imposición de modelos económicos que benefician a unos pocos a expensas de la mayoría.
Las personas que nacimos en un contexto democrático no elegimos el legado que nos dejaron, pero sí tenemos la capacidad de decidir cómo actuar en consecuencia. En un momento en que el debate público se ha vuelto hostil, lleno de insultos y discursos de odio, la defensa de la democracia requiere un compromiso que trasciende el simple acto de votar. Es esencial cuidar el espacio de la palabra pública, aceptar el disenso y entender que aquellos que piensan diferente no son enemigos, sino parte del tejido social que conforma nuestra nación.
Además de estos principios, es vital que como sociedad comprendamos que la única forma de mantener un orden democrático es fortalecerlo constantemente. Esto implica incluir a los sectores excluidos, atender las demandas de los marginados y, en última instancia, establecer un orden social basado en la igualdad y la justicia. La democracia no es un estado estático; es un proceso dinámico que necesita de la participación activa de todos sus ciudadanos.
Este 24 de marzo, al conmemorar los 50 años del golpe de Estado cívico-militar, no debemos verlo como una mera efeméride, sino como una oportunidad para generar conciencia democrática. Nuestro desafío actual es poner freno a la degradación de la democracia, que se manifiesta en la retórica de la intolerancia y el individualismo extremo. Reconocer que nacer en democracia es una herencia histórica es solo el primer paso; vivir en democracia, por el contrario, requiere de una decisión colectiva y diaria que nos involucre a todos.


