Tras un extenso recorrido por Medio Oriente y el Cáucaso, el argentino Maximiliano Bagilet ha encontrado en Irak un cierre significativo a sus años de exploración. A sus 37 años, este viajero ha visitado un total de 21 países en esta región del mundo, enfrentándose a complejas fronteras, tensiones políticas y una diversidad cultural profundamente distinta a la de Occidente. Su llegada a Irak marcó un punto de inflexión en su travesía, especialmente al descubrir el cementerio Wadi Al-Salam, conocido como el Valle de la Paz, ubicado en la ciudad de Nayaf.

Wadi Al-Salam no es solo un cementerio; se erige como el más grande del planeta, con más de 6 millones de tumbas extendidas en un área de aproximadamente 10 kilómetros cuadrados. Esta vasta necrópolis, que cuenta con más de 1.400 años de historia, es un lugar sagrado para la comunidad musulmana chiita, al estar adyacente al santuario del Imán Alí. Maximiliano describe el cementerio como "una ciudad", reflejando su enorme tamaño y la significancia cultural que posee para los fieles. Para trasladarse dentro de este inmenso espacio, los visitantes deben recurrir a taxis internos, una práctica común dada su magnitud.

La llegada a Irak no fue un proceso sencillo ni económico para Maximiliano. Desde Buenos Aires, tuvo que viajar primero a Jordania y luego tomar un vuelo a Bagdad, una de las pocas rutas disponibles para ingresar al país. El trayecto aéreo, que dura aproximadamente una hora y media, tiene un costo que oscila entre 400 y 450 dólares, lo que resulta bastante elevado para esa distancia. La escasez de vuelos directos y la alta demanda son factores que contribuyen a los altos precios en los pasajes aéreos hacia Irak.

Obtener la visa para ingresar a Irak también representó un gran desafío burocrático. La falta de relaciones diplomáticas entre Argentina e Irak desde la Guerra del Golfo ha dificultado considerablemente este trámite. Según explicó Maximiliano, los argentinos no pueden gestionar el permiso en línea ni cuentan con una embajada iraquí en el país. Esto lo llevó a contratar a una empresa de turismo especializada que se encargara del proceso, lo que incrementó el costo de la visa a unos 100 dólares, además de los gastos adicionales por la gestión, que variaron entre 200 y 300 dólares.

Una vez en Bagdad, su recorrido lo llevó hacia el norte, atravesando áreas que anteriormente estuvieron bajo el dominio del grupo terrorista ISIS. Visitó Mosul, la antigua capital del Estado Islámico, y luego se trasladó al Kurdistán iraquí, una región autónoma que cuenta con su propio gobierno y ejército. Maximiliano describe esta división como una especie de dualidad, donde las diferencias entre la República Federal de Irak y el Kurdistán son palpables, casi como si fueran dos países distintos.

A pesar de que hoy en día Irak presenta un panorama relativamente seguro, la realidad en el terreno implica constantes controles de seguridad. Para desplazarse entre ciudades, Maximiliano tuvo que contratar guías de seguridad que lo acompañaran durante los trayectos por carretera, lo que representa un gasto adicional de aproximadamente 100 dólares diarios. Esto lo convierte en uno de los destinos más caros de Medio Oriente, especialmente en comparación con países como Siria o los Emiratos Árabes Unidos, donde los costos son notablemente más bajos. Sin embargo, la experiencia de explorar este país, rico en historia y cultura, ha sido para él una de las más impactantes de toda su travesía.

En su relato, Maximiliano ofrece una mirada profunda y personal sobre un Irak en transformación, un lugar que a pesar de su turbulenta historia, se presenta como un espacio lleno de significado y espiritualidad. Su experiencia en el Wadi Al-Salam no solo es un testimonio de su viaje, sino también un reflejo de las complejidades que enfrenta un país en el proceso de reconstrucción y redescubrimiento de su identidad.