La historia de la Basílica de Luján, uno de los templos más emblemáticos de Argentina, se remonta a 1875, cuando el sacerdote vicentino Jorge María Salvaire emprendió una misión evangelizadora en la vasta llanura pampeana. En su recorrido, llegó a las Salinas Grandes, donde fue apresado por indígenas que lo acusaban de propagar la viruela entre su comunidad. Durante las cinco horas que duró su cautiverio, Salvaire encontró consuelo en su fe, prometiendo a la Virgen de Luján que, si lograba sobrevivir, erigiría un santuario en su honor. Este voto sería el punto de partida para la construcción de un monumento que se convertiría en un faro de devoción y esperanza para miles de peregrinos.

Tras su liberación, Salvaire regresó a Luján decidido a hacer realidad su promesa. En ese momento, la pequeña iglesia colonial del lugar ya no podía albergar a la creciente multitud de fieles que llegaban atraídos por la figura de la Virgen. La llegada del ferrocarril y la inmigración en masa habían transformado la región, y la necesidad de un espacio más grande se hacía evidente. Convencido de la urgencia del proyecto, Salvaire se presentó ante el Arzobispado con la idea de construir una basílica de mayor envergadura, de estilo neogótico, que pudiera acoger a los cada vez más numerosos devotos.

La construcción de la basílica comenzó el 6 de mayo de 1890, bajo la dirección del arquitecto Uldéric Courtois. La obra se consolidó con el tiempo, convirtiéndose en un símbolo de la fe católica en Argentina y un importante lugar de peregrinación. Desde su inicio, la iniciativa no solo buscaba satisfacer la necesidad de espacio, sino también crear un lugar que reflejara la grandeza de la devoción hacia la Virgen de Luján, un ícono para muchos argentinos.

El contexto en el que se desarrolla esta historia es clave para entender su relevancia. En la década de 1870, Argentina atravesaba un proceso de transformación social y cultural. La llegada de inmigrantes y el desarrollo de la infraestructura, como los ferrocarriles, facilitaban el desplazamiento de personas hacia lugares de culto. La figura de la Virgen de Luján, considerada protectora de los viajeros, se erguía como un símbolo de unidad y esperanza en un país en vías de modernización.

La vida del sacerdote Salvaire estuvo marcada por su firme compromiso con la Virgen y su devoción. Después de la promesa hecha durante su cautiverio, dedicó años a investigar la historia de la Virgen de Luján, lo que culminó en una obra que se extendió hasta 1884. En 1886, realizó un viaje a Europa con el fin de recaudar fondos y objetos para el nuevo santuario, incluyendo la coronación de la imagen de la Virgen, que se llevó a cabo en 1887. Este esfuerzo por dotar de mayor relevancia a la figura de la Virgen fue fundamental para atraer a más fieles y consolidar la devoción en torno a ella.

En 1889, Salvaire fue nombrado capellán del Santuario de Luján, lo que le permitió involucrarse aún más en el desarrollo de la basílica. Su labor no se limitó a la construcción física del templo, sino que también se enfocó en fomentar la espiritualidad y la fe entre los peregrinos que llegaban de todos los rincones del país. Hoy, la Basílica de Luján no solo es un lugar de culto, sino también un símbolo de la identidad argentina, donde la historia, la fe y la cultura se entrelazan en un espacio sagrado que sigue atrayendo a miles de visitantes cada año.