Claudia, una mujer de 58 años, lleva una vida marcada por la dualidad del trabajo y el cuidado familiar. Con un par de empleos y una agenda que parece surgir de un reloj suizo, se encarga de llevar a su madre, de 84 años, a sus citas médicas. Entre la cuidadora de turno matutino y los medicamentos que deben ser administrados a tiempo, la vida de Claudia se convierte en una danza complicada que, en ocasiones, la deja exhausta. Sin embargo, a pesar del desgaste, su madre mantiene una firme resolución: no quiere mudarse a un geriátrico. “Entiendo su decisión, aunque a veces me preocupa y me desespera”, confiesa Claudia, reflejando la complejidad emocional de la situación.
El fenómeno que enfrenta Claudia se inscribe dentro de un concepto que carece de un término formal en las políticas públicas argentinas. Los expertos lo definen como un "dispositivo de cuidado informal", una red que incluye cuidadores remunerados, visitas programadas y una constante supervisión familiar. Este sistema, aunque funcional en ciertos aspectos, se sostiene precariamente y depende de la colaboración de múltiples actores. Es común que, cuando falla un eslabón de esta cadena, el sistema entero se tambalee, dejando a las familias en una situación de vulnerabilidad.
Una encuesta realizada por AARP pone de manifiesto un deseo generalizado entre los adultos mayores: el 77% de las personas de 50 años o más anhela continuar viviendo en sus hogares. En España, la cifra asciende al 82% entre aquellos mayores de 65 años. Estos datos muestran una tendencia global en la que la mayoría de las personas mayores prefieren permanecer en el entorno donde han construido sus vidas. Este deseo se fundamenta en la búsqueda de identidad, autonomía y recuerdos, haciendo de la casa no solo un espacio físico, sino una extensión de su ser.
Sin embargo, el deseo de permanecer en casa enfrenta una dura realidad. Según estudios, el 71% de los adultos mayores indica que sus hogares presentan problemas de accesibilidad, tales como escaleras, baños inadecuados y pasillos estrechos. A pesar de que algunas viviendas pueden ser adaptadas, subsiste un desafío crítico: la soledad. Este aspecto se vuelve aún más relevante en la tercera edad, donde la compañía se transforma en una necesidad más que en un lujo. La falta de interacción social no solo afecta el bienestar emocional, sino que se ha demostrado que puede tener consecuencias fatales.
Los datos sobre el aislamiento social son alarmantes: una de cada dos personas mayores de 60 años corre el riesgo de sentirse sola, y un tercio de ellas asegura experimentar soledad de manera frecuente. Estudios han demostrado que quienes se sienten solos tienen un 50% más de probabilidades de morir prematuramente. La Organización Mundial de la Salud ha catalogado este fenómeno como un problema de salud pública mundial. En la cultura familiar argentina, a menudo se minimiza esta problemática, considerándola como un estado aceptable: “está bien, está en casa”, dicen algunos, ignorando las implicancias emocionales de esta decisión.
Desde el punto de vista económico, el cuidado en el hogar también plantea un desafío significativo. Para febrero de 2026, el salario mínimo de un cuidador domiciliario se establece en $3.494 por hora con retiro y $3.894 sin retiro. Esto implica que, para quienes contratan a un cuidador que no se retira del hogar, el costo mensual puede superar los $490.000. A estos valores se añaden cargas sociales y aportes jubilatorios, lo que eleva aún más la carga financiera sobre las familias. Además, el subsidio que ofrece el PAMI para auxiliares domiciliarios resulta insuficiente, con un monto de $1.590 por hora, que representa menos de la mitad del costo real, generando un desfasaje que complica aún más la situación de quienes optan por este tipo de cuidado.
En conclusión, el deseo de envejecer en casa se enfrenta a una serie de obstáculos logísticos, emocionales y económicos que requieren una atención urgente. La necesidad de políticas que acompañen esta decisión es cada vez más evidente, no solo para apoyar a quienes cuidan de sus seres queridos, sino también para garantizar una vejez digna y plena. La sociedad debe reflexionar sobre cómo facilitar este proceso y abordar la soledad que acecha a muchos en esta etapa de la vida.



