La mañana del 11 de abril de 1923, Elvira Silvia Salas, una joven de 21 años, salió de su hogar en la calle Aráoz al 2800, con rumbo a su trabajo en la Unión Telefónica. Eran aproximadamente las cinco de la mañana cuando, al caminar por la calle, se percató de la presencia de tres hombres que se acercaban en dirección contraria. Al sentirse amenazada, decidió cruzar la calle, solo para darse cuenta con horror que los individuos hicieron lo mismo, intensificando su temor ante la inminente amenaza.

Uno de los atacantes la agarró por el cuello desde atrás, mientras que otro la golpeaba brutalmente en el abdomen y el vientre. En medio de la violenta agresión, el tercer delincuente comenzó a revisar su cartera, buscando algo de valor. El resultado de este cruel asalto fue un botín magro de apenas cuarenta centavos, que apenas alcanzaba para cubrir el costo del transporte en tranvía, junto con un par de anillos de escaso valor.

Tras llevarse lo poco que encontró, los delincuentes huyeron, dejando a Elvira herida y tirada en la vereda. Su desesperación se hizo evidente cuando empezó a clamar por ayuda, gritando por su madre en medio de sus lamentos. La vecina Josefina Sánchez de Bernasconi, que vivía en las cercanías, fue la primera en responder al llamado desesperado, despertándose al escuchar el grito desgarrador de “mamá, me muero”.

Acto seguido, Josefina se comunicó con la policía, y el oficial inspector Isidoro Callizo llegó al lugar. Elvira, en un estado crítico, logró narrar que había sido abordada por dos hombres que la asaltaron, describiendo a uno de ellos como un individuo vestido con un mameluco azul de mecánico y un pañuelo blanco al cuello. La joven fue trasladada de urgencia al Hospital Fernández, donde, tras varias horas de sufrimiento, su vida se extinguió debido a una hemorragia traumática provocada por los golpes que había recibido.

Las autoridades iniciaron una exhaustiva búsqueda de los delincuentes en los alrededores. En un café ubicado en el cruce de Santa Fe y Fitz Roy, lograron identificar a dos de ellos: Agustín Letieri, conocido por su apodo “coco moro”, y Antonio Bonfiglio, apodado “Fray Mocho”. Letieri, de 29 años, tenía un largo historial delictivo, principalmente por delitos menores, mientras que Bonfiglio, de 26 años, también contaba con antecedentes policiales.

Cuando fueron interrogados, ambos admitieron haber asaltado a la joven, pero minimizaban la gravedad del hecho, alegando que solo habían golpeado a Elvira para que dejara de gritar. Sin embargo, la situación se tornó más grave cuando se enteraron de que la joven había fallecido. En medio del pánico, intentaron desviar la responsabilidad hacia un tercer cómplice, Roque Saccomano, conocido como “leche”, quien tenía antecedentes de delitos menores y se dedicaba a vender diarios.

Saccomano, de 21 años, se defendió alegando que en el momento del asalto estaba en un café cercano y que tenía testigos que podían corroborar su coartada. Sin embargo, la policía lo detuvo de inmediato, a pesar de que algunos testigos en el bar confirmaron su versión de los hechos. Su suerte dio un giro inesperado cuando uno de los testigos, conocido como “el sapito”, se retractó de su declaración original, lo que complicó aún más la situación del acusado. Este trágico caso no solo refleja la brutalidad del crimen en la época, sino también la complejidad del sistema judicial ante un asesinato que conmocionó a la sociedad de aquel entonces.