El Obelisco de Buenos Aires, un símbolo inconfundible de la ciudad y de Argentina, nació en un contexto de celebraciones y controversias. En 1936, se acercaba el 400° aniversario de la primera fundación de Buenos Aires, un evento histórico que requería un homenaje a la altura. El intendente de la ciudad, Mariano de Vedia y Mitre, se enfrentó a la difícil tarea de decidir cómo honrar esta efeméride. Las propuestas eran variadas: desde erigir una estatua de Hipólito Yrigoyen hasta rendir tributo al famoso cantante Carlos Gardel, quien había fallecido trágicamente poco antes. Sin embargo, la idea que finalmente prosperó fue la sugerencia de su secretario de Hacienda, Atilio Dell’Oro Maini, quien propuso la construcción de un obelisco, un diseño que rápidamente ganó aceptación entre las autoridades.

El proyecto fue encomendado al arquitecto Alberto Prebisch, un joven de 37 años originario de Tucumán, reconocido por su talento en la construcción de grandes obras como el Teatro Gran Rex. Prebisch aceptó el desafío con entusiasmo, convencido de que su creación serviría para señalar la importancia de la celebración y llenar un vacío en la representación monumental de la ciudad. Según el decreto emitido el 3 de febrero de 1936, el Obelisco representaría “el homenaje de la Capital de la Nación entera” a un hito fundamental de su historia.

De Vedia y Mitre, quien provenía de una familia con una rica tradición política —siendo nieto de un ex presidente argentino—, se destacó por su gestión al impulsar diversas obras públicas en la ciudad. Su administración estuvo marcada por la construcción de hospitales, la ampliación de la calle Corrientes y el trazado de importantes avenidas como la Juan B. Justo y la 9 de Julio. En este contexto, el Obelisco no solo se concebía como un monumento, sino también como parte de un plan más amplio de modernización urbana que buscaba transformar Buenos Aires en una metrópoli contemporánea.

Sin embargo, la propuesta del Obelisco no estuvo exenta de críticas. Muchos se opusieron a la idea, calificando la obra de “adefesio” o “bodrio”. La controversia se intensificó con acusaciones de que detrás de su construcción había intereses económicos ocultos. A pesar de la resistencia, el proyecto continuó avanzando, enfrentando incluso dificultades legales. Uno de los principales obstáculos fue un juicio entre la municipalidad y la curia, ya que la iglesia de San Nicolás de Bari, inaugurada en 1727, estaba situada exactamente donde se planeaba erigir el obelisco. Esta iglesia no solo tenía valor arquitectónico sino también histórico, ya que varios personajes clave de la Revolución de Mayo fueron bautizados allí.

La municipalidad finalmente ganó el litigio, lo que permitió la demolición de la iglesia y la continuación de la obra del Obelisco. El 16 de agosto de 1931, se llevaron a cabo las primeras excavaciones en el terreno. A pesar de las críticas y el escepticismo, el Obelisco se erigió en el cruce de la Avenida 9 de Julio y Corrientes, convirtiéndose en un ícono del paisaje urbano porteño. Con una altura de 67,5 metros, la estructura se inauguró el 23 de mayo de 1937, en el marco de la celebración del primer centenario de la Revolución de Mayo.

Hoy, el Obelisco no solo representa un hito arquitectónico, sino que se ha transformado en un punto de encuentro para los argentinos. Desde eventos deportivos hasta manifestaciones sociales, su base ha sido testigo de innumerables momentos históricos que han marcado la vida del país. Con el paso del tiempo, lo que en su momento fue objeto de controversia se ha consolidado como un símbolo de la identidad nacional, recordando a los porteños y visitantes la rica y compleja historia de Buenos Aires y su gente. Así, el Obelisco ha pasado de ser un proyecto criticado a convertirse en un emblema de orgullo y pertenencia, fundamental en la narrativa cultural de la ciudad.

La historia del Obelisco es un claro ejemplo de cómo la arquitectura puede reflejar tanto la ambición de una época como las tensiones sociales y culturales de un lugar. En cada rincón de Buenos Aires, el Obelisco se erige como un recordatorio de la historia, un símbolo de resistencia y un faro de la identidad porteña.