La práctica de besar como parte integral de la vida social en Inglaterra ha ido transformándose a lo largo de los siglos, pasando de ser un gesto común en la Edad Media a convertirse en una costumbre que, en la actualidad, parece casi impensable. En la Inglaterra del siglo XVI, durante la dinastía Tudor, el acto de besar a conocidos, invitados e incluso a extraños era algo habitual y bien visto, una parte esencial del protocolo social que sorprendía a los viajeros europeos de la época. La percepción moderna de un país reservado y distante contrasta notablemente con las descripciones de aquellos que visitaron la región en el pasado, quienes encontraron una cultura más abierta y afectuosa.
La llegada de visitantes extranjeros a Londres durante el siglo XVI fue un fenómeno que enriqueció la vida social de la ciudad. Muchos de estos viajeros eran jóvenes europeos adinerados que buscaban ampliar sus horizontes a través de estudios, diplomacia o simple curiosidad. En sus relatos, capturaron la esencia de una sociedad que no temía expresar afecto físico, un rasgo que se alejaba de la imagen de la Inglaterra reservada que se tiene hoy. Historias de encuentros en la calle, en los que hombres y mujeres se saludaban con besos, revelan un estilo de vida vibrante y dinámico que desafiaba las ideas preconcebidas sobre la cultura inglesa.
El historiador Ian Mortimer, en su análisis sobre este tema, destaca que el acto de besar en el pasado desentona con la imagen actual de los ingleses como personas menos efusivas. A través de diversas fuentes históricas, se pueden observar relatos que indican que para los habitantes de la época, el beso no era solo una muestra de afecto, sino un elemento social que facilitaba las interacciones. Por ejemplo, el veneciano Alessandro Magno, que visitó Inglaterra en 1562, se mostró sorprendido al ver a hombres y mujeres besarse en la calle con la misma naturalidad que lo harían en su hogar.
La costumbre del beso no se limitaba a la esfera pública; también se extendía a la hospitalidad en el ámbito doméstico. Magno observó que un visitante que entraba en una casa sin besar a la dueña en los labios era considerado maleducado. Esta práctica sugiere que el beso tenía un significado social profundo, actuando como un puente que unía a las personas en un contexto de cortesía y respeto mutuo.
Los orígenes de esta costumbre no son exclusivos del periodo Tudor, ya que hay indicios de que existía mucho antes, incluso en la Escocia de la década de 1430. Enea Silvio Piccolomini, quien más tarde se convertiría en Papa Pío II, también documentó sus impresiones sobre los modos de saludo de la época, sugiriendo que el beso podía no tener el mismo peso afectivo que se le atribuye hoy en día. A través de sus experiencias, se observa que el beso podía ser un gesto social que no necesariamente implicaba una conexión emocional profunda, sino más bien una rutina establecida en la interacción social.
Otra voz relevante en este contexto es la de Erasmo de Rotterdam, un humanista que visitó Inglaterra en el inicio del siglo XVI. En sus cartas, describía cómo los besos eran parte del saludo y la despedida entre las personas, una costumbre que disfrutó y recomendó a sus amigos. Su entusiasmo por la cultura de los besos en Inglaterra ilustra cómo este gesto había permeado todos los aspectos de la vida social y cotidiana, creando un ambiente de cercanía y camaradería.
En conclusión, el beso en la Inglaterra de antaño era un símbolo de conexión social y afecto que, con el tiempo, ha evolucionado hasta convertirse en una práctica mucho más reservada. A medida que las costumbres han cambiado, también lo ha hecho la manera en que los ingleses se relacionan entre sí y con los forasteros. La transformación del beso, desde un acto cotidiano hasta un gesto más contenido, refleja la evolución de la cultura y las normas sociales en un país que sigue en constante cambio.



