Subir al Obelisco de Buenos Aires es adentrarse en un emblemático símbolo que ha estado presente en la vida de los argentinos durante casi noventa años. Desde su ubicación en el cruce de la avenida 9 de Julio y la avenida Corrientes, este monumento ha sido testigo de celebraciones, manifestaciones y momentos significativos de la historia nacional. Sin embargo, su reciente apertura al público para ascender hasta los 67 metros de altura permite a los visitantes no solo contemplarlo, sino también experimentarlo desde adentro, generando un nuevo vínculo con este ícono de la ciudad.
El Obelisco ha sido un punto de encuentro para generaciones enteras, un lugar donde se entrelazan las memorias de familias que comparten sus vivencias y anécdotas. La posibilidad de ascender hasta su mirador transforma la relación con este monumento, que deja de ser un simple objeto de observación para convertirse en un espacio habitado por quienes lo visitan. Esta experiencia invita a reflexionar sobre la historia compartida y las narrativas individuales que se han tejido a lo largo de los años en torno a este símbolo.
El historiador Camilo Scaglia plantea una reflexión interesante: ¿qué sucede cuando un monumento deja de ser contemplado desde el exterior y se convierte en un espacio de recorrido? Su afirmación de que "entrar a un símbolo" cambia la percepción del patrimonio es fundamental para entender el impacto de esta nueva experiencia. Al habitar el Obelisco, los visitantes no solo lo miran, sino que lo sienten, lo viven y lo incorporan a su propia historia.
La historia del Obelisco está marcada por paradojas, ya que al ser inaugurado en 1936, fue recibido con cierta resistencia por parte de la población. Hoy, resulta impensable imaginar Buenos Aires sin su presencia. Este monumento, diseñado por el arquitecto Alberto Prebisch, ha acumulado significados que trascienden la intención original de su creación. En sus casi noventa años de vida, el Obelisco ha sido escenario de festejos mundialistas, protestas, manifestaciones y momentos de duelo, convirtiéndose en un símbolo de la identidad nacional.
En el contexto actual, la apertura del mirador del Obelisco representa un cambio significativo en la relación de los ciudadanos con su patrimonio. Este acceso permite que tanto locales como turistas experimenten una nueva perspectiva de la ciudad desde las alturas, ofreciendo imágenes de Buenos Aires que antes estaban reservadas para pocos. La posibilidad de ascender a su cima no solo proporciona una vista panorámica, sino que también invita a la reflexión sobre la historia y las emociones que han dejado huella en este lugar.
La construcción del Obelisco, que se erige sobre el solar donde alguna vez estuvo la Iglesia de San Nicolás de Bari, es casi mítica. Su edificación fue rápida y estuvo marcada por la controversia, ya que no hubo un clamor popular por su creación. Al contrario, surgió en un contexto donde la ciudad necesitaba un símbolo que representara su historia y fundación. Con el paso del tiempo, el Obelisco se ha transformado en un emblema que refleja las complejidades de la identidad argentina, un lugar donde las historias individuales se entrelazan con la memoria colectiva.
En definitiva, la reciente apertura del mirador del Obelisco no solo ofrece una nueva forma de disfrutar de la ciudad, sino que también enriquece la experiencia de quienes buscan conectar con su historia. Este monumento, que ha resistido la prueba del tiempo y ha sido testigo de múltiples acontecimientos, ahora se presenta como un espacio donde las generaciones pueden compartir sus relatos y vivencias, reafirmando su lugar como un símbolo vivo de la cultura argentina.



