Pasar la noche en un ambiente con escasa ventilación no solo es incómodo, sino que también puede acarrear serios problemas de salud. La falta de circulación de aire en los dormitorios, especialmente en zonas urbanas y durante el invierno, puede generar un entorno propenso a la acumulación de contaminantes que afectan la calidad del sueño, la función cognitiva y la salud respiratoria.

Investigaciones recientes han corroborado que el incremento de dióxido de carbono, la humedad y la presencia de partículas en el aire son consecuencia de dormir en espacios cerrados. Según estudios publicados en la revista Sleep Health, durante el sueño se producen niveles elevados de CO₂ debido a la exhalación, lo que puede llevar a un deterioro de la calidad del aire y, en consecuencia, incrementar los síntomas respiratorios, como congestión y tos.

Además, un estudio de la Universidad de Copenhague concluyó que el aumento de dióxido de carbono está relacionado con una disminución en la calidad del sueño profundo y un aumento en los niveles de estrés al despertar. Esta situación puede resultar en fatiga, problemas de concentración y mayor irritabilidad durante el día, afectando especialmente a personas mayores o con condiciones de salud preexistentes. La humedad también juega un papel importante, ya que fomenta la aparición de moho y ácaros, que pueden agravar problemas respiratorios y alérgicos.