En un episodio memorable de la serie Grey’s Anatomy, la doctora Miranda Bailey, una cirujana de renombre, experimenta síntomas claros de un infarto, pero al llegar a la guardia, su malestar es interpretado como estrés o ansiedad por parte de los médicos. A pesar de su conocimiento sobre lo que le está sucediendo, la profesional no logra que la tomen en serio. Esta representación, aunque ficticia, refleja una problemática real y latente en el sistema de salud: el sesgo de género que afecta la atención médica. La serie utiliza este momento para poner de relieve una situación que se repite en la vida real, donde las mujeres a menudo no reciben la atención adecuada debido a la falta de comprensión de sus síntomas.
La medicina moderna se presenta como un campo basado en evidencias científicas, pero en la práctica, persisten sesgos estructurales que influyen en el diagnóstico y tratamiento de enfermedades en mujeres. Una reciente editorial de una reconocida revista médica enfatiza que la igualdad y la equidad de género son esenciales no solo por razones sociales, sino también para mejorar los resultados de salud y la calidad de la atención. Este reconocimiento de la inequidad de género en el ámbito de la salud es crucial para iniciar un cambio que beneficie a todas las pacientes.
Uno de los ejemplos más alarmantes de esta inequidad se observa en el área de cardiología, donde se ha documentado el fenómeno conocido como “Efecto Yentl”. Este término se refiere a la tendencia de diagnosticar erróneamente a las mujeres, ya que sus síntomas a menudo no se alinean con los patrones masculinos considerados “normales”. Datos de la American Heart Association revelan que las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte entre mujeres a nivel mundial, y lamentablemente, estas patologías siguen siendo subdiagnosticadas en este grupo.
Un análisis de datos del registro nacional de infartos en el Reino Unido indica que las mujeres tienen un 50% más de probabilidades de recibir un diagnóstico erróneo en comparación con sus contrapartes masculinos. Esto se debe, en parte, a que los síntomas que suelen presentar las mujeres, como náuseas, fatiga extrema y dolor en la mandíbula, han sido históricamente catalogados como “atípicos”. Esta clasificación errónea se debe a que los modelos de diagnóstico se han desarrollado mayormente en base a la experiencia de pacientes varones, dejando de lado las manifestaciones clínicas femeninas.
La desigualdad en la atención de la salud también se manifiesta en el campo de la neurología. La Alzheimer’s Association ha señalado que casi dos tercios de las personas que padecen esta enfermedad son mujeres, quienes generalmente reciben el diagnóstico en etapas avanzadas. En el caso de los accidentes cerebrovasculares, las mujeres tienden a presentar síntomas más sutiles, como desorientación o debilidad general, lo que retrasa su atención y aumenta el riesgo de discapacidades a largo plazo.
Estas disparidades no son accidentales. Durante muchos años, la investigación biomédica ha excluido sistemáticamente a las mujeres de ensayos clínicos, basándose en la premisa errónea de que el cuerpo masculino es el estándar universal. Esta exclusión ha generado un vacío de conocimiento en la medicina sobre cómo las terapias afectan específicamente a las mujeres, privando a este grupo de una atención de salud adecuada y efectiva. La falta de representatividad en la investigación tiene consecuencias directas en la calidad de la atención que reciben las mujeres en el sistema de salud.
Por último, la brecha en la atención sanitaria se ve agravada por la falta de políticas de prevención en patologías tratables. En Argentina, el cáncer de cuello uterino sigue representando un grave problema de salud pública. A pesar de los avances en la detección y prevención de esta enfermedad, las tasas de mortalidad siguen siendo preocupantes. Es imperativo que se implementen políticas efectivas que aborden estas desigualdades y promuevan una atención integral para mejorar la salud de las mujeres en el país.



