La privación del sueño, ya sea ocasional o persistente, puede acarrear serias repercusiones en la salud tanto física como mental. Actualmente, se estima que alrededor de un tercio de la población mundial no logra alcanzar las siete a nueve horas de sueño recomendadas por la Fundación del Sueño de EE. UU. Un análisis reciente indica que el 31% de los adultos no cumplen con esta recomendación, lo que plantea un problema significativo de salud pública.

La latencia del sueño, es decir, el tiempo transcurrido desde que se apagan las luces hasta que se logra conciliar el sueño, es un indicador clave que refleja la somnolencia general de una persona y brinda información sobre la calidad del descanso, según lo señalado por los Institutos Nacionales de Salud. En adultos sanos, el tiempo promedio de latencia se encuentra entre los 10 y 20 minutos. Un periodo menor a ocho minutos puede estar asociado con altos niveles de somnolencia, acumulación de deuda de sueño o trastornos como la narcolepsia. Por otro lado, aquellas personas que tardan más de 20 minutos en dormirse podrían estar enfrentando problemas de insomnio o dificultades para conciliar el sueño, de acuerdo a la misma fundación.

La falta de sueño puede tener efectos inmediatos en el estado de ánimo, la concentración y la memoria, además de incrementar el riesgo de cometer errores en ámbitos académicos o laborales. A largo plazo, la privación del sueño se vincula con una serie de enfermedades, como la diabetes, hipertensión, accidentes cerebrovasculares, obesidad, depresión y trastornos cardíacos y renales. Michelle Drerup, psicóloga especializada en medicina conductual del sueño, enfatiza que cada individuo es único y sugiere no obsesionarse con un número específico, aunque advierte que cualquier desviación significativa de los rangos normales puede ser indicativa de problemas en el descanso nocturno. Factores como el consumo de alcohol, el dolor crónico, ciertos medicamentos o el “efecto de la primera noche” —dificultad para dormir en un entorno nuevo— pueden alterar drásticamente la latencia del sueño, mientras que la edad y la cantidad de siestas también juegan un papel relevante en el proceso de conciliación del sueño.