Desde tiempos inmemoriales, acariciar la espalda de un bebé ha sido un gesto común en la crianza, utilizado por padres y cuidadores de todo el mundo para calmar y ayudar a los pequeños a dormir. Este acto, que se presenta como un simple gesto cotidiano, ha demostrado tener beneficios significativos en el desarrollo emocional y físico de los infantes. Un reciente estudio llevado a cabo en Japón ha arrojado luz sobre los mecanismos detrás de esta práctica, descubriendo que el contacto físico temprano es esencial para que las caricias en la espalda efectivamente tranquilicen y reduzcan el estrés tanto en humanos como en otros mamíferos.
La profesora Sachine Yoshida, de la Universidad de Toho, ha subrayado la importancia de esta investigación, afirmando que aunque es un conocimiento común que acariciar la espalda de un bebé lo calma, faltaba evidencia científica que respaldara esta afirmación. En su estudio, se exploraron tres áreas del cuerpo: la espalda, la cabeza y el abdomen. Los resultados fueron sorprendentes: solo las caricias en la espalda mostraron una disminución significativa en los movimientos de los bebés, lo que sugiere que esta zona es particularmente sensible a la calma que puede transmitir el contacto físico.
Históricamente, se ha reconocido que la falta de contacto físico en los primeros años de vida puede tener consecuencias negativas en el desarrollo de los niños, así como en su salud emocional. Sin embargo, el estudio revela un aspecto crucial que se había mantenido en la penumbra: la manera en que el cuerpo interpreta las caricias como señales de confort y tranquilidad. Hiromasa Funato, otro de los investigadores, destacó que entender estos mecanismos es fundamental para promover la salud mental desde la primera infancia, una etapa crítica en el desarrollo humano.
El equipo de investigación realizó una serie de experimentos tanto con bebés humanos como con crías de ratón, y los hallazgos fueron significativos. Publicados en la revista Communications Biology, los resultados indicaron que acariciar la espalda de los bebés provoca un efecto fisiológico inmediato, como la reducción de sus movimientos y, en el caso de los ratones, una disminución del ritmo cardíaco que favorece el sueño. Es importante señalar que este efecto calmante se observó únicamente en aquellos que habían recibido contacto materno habitual durante su desarrollo inicial.
Yoshida expresó su sorpresa al descubrir que las crías de ratón que no habían tenido contacto con su madre no mostraban la misma respuesta calmante al ser acariciadas. A pesar de que estos animales parecían saludables, la falta de cuidados maternos había impedido que desarrollaran la capacidad de tranquilizarse con el contacto físico. Esto sugiere que la calma que se genera a partir de caricias en la espalda no es un reflejo innato, sino que se aprende y se desarrolla en función del tipo de interacción que se tiene con la madre.
La investigación también indicó que los ratones criados sin el contacto materno permanecían inquietos al recibir caricias, mientras que aquellos que crecieron con su madre mostraban signos de tranquilidad y somnolencia, evidenciando la importancia del vínculo afectivo. En cuanto a los bebés humanos, los resultados fueron similares: acariciar la espalda disminuyó la actividad corporal espontánea, mientras que tocar otras partes del cuerpo no generó el mismo efecto apaciguador. Estos hallazgos refuerzan la idea de que el contacto físico no solo es esencial para el bienestar emocional de un bebé, sino que también juega un papel fundamental en su desarrollo físico y psicológico a largo plazo.



