En el entorno laboral, especialmente en las oficinas, la colación a media mañana se ha convertido en una práctica común que responde a la demanda de energía del organismo. Este fenómeno, que parece casi automático, forma parte de la rutina diaria de muchas personas.
Diversos factores influyen en la aparición de este hábito, entre ellos el ajuste de horarios, el regreso de vacaciones o simplemente la necesidad de un breve descanso. Esta sensación de hambre que surge después del desayuno no es inusual y puede estar relacionada con la forma en que se seleccionan los alimentos, así como con las costumbres que se establecen durante el día, más allá de lo que realmente requiere el organismo en términos energéticos.
En el ámbito educativo y laboral, la colación matutina se ha normalizado hasta convertirse en un ritual que se realiza en horarios determinados, raramente cuestionados. Sin embargo, cuando estas dinámicas se alteran, la sensación de hambre puede disminuir o incluso desaparecer. Expertos de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición sugieren que este impulso de comer a media mañana se basa más en hábitos establecidos que en una verdadera necesidad biológica.
Un aspecto clave que afecta este comportamiento es la calidad del desayuno. Según informes de salud, un desayuno compuesto por alimentos de alto índice glucémico, como pan blanco o cereales azucarados, puede provocar una saciedad temporal, seguida de un aumento y caída brusca de glucosa en sangre, lo que resulta en un regreso prematuro del hambre. Para evitarlo, se recomienda un desayuno equilibrado que incluya proteínas, frutas, lácteos descremados y granos integrales, limitando los azúcares a ocasiones especiales. Las pautas actuales sugieren que un desayuno adecuado debe aportar entre 300 y 400 calorías, con un enfoque en mantener una combinación de nutrientes que ayuden a prolongar la saciedad.



