Solo el 1,6% de las personas o parejas inscriptas con intención de adoptar acepta que el niño tenga alguna discapacidad. Ese grupo está integrado actualmente por apenas 30 aspirantes, una cifra que expone las dificultades que enfrentan los chicos con problemas de salud complejos para encontrar una familia adoptante.
Estefanía se había anotado en el Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos y superó las entrevistas correspondientes. Luego se postuló para adoptar a Lionel, que tenía dos años. Ella nació con espina bífida y utiliza una silla de ruedas. El niño, en tanto, tenía un estado de salud sumamente frágil desde su nacimiento: había atravesado internaciones en institutos de rehabilitación, se alimentaba mediante un botón gástrico y respiraba a través de una traqueotomía.
El proceso de vinculación entre ambos se extendió durante dos años, pese a que se recomienda que esa etapa no dure más de seis meses. Al principio solo podían encontrarse los domingos, en el estacionamiento del instituto donde estaba internado Lionel, porque no contaban con una sala disponible. Además, el equipo médico analizaba la situación de Estefanía y le hacía numerosas preguntas sobre cómo afrontaría el cuidado del niño. Ella explicaba que su madre viviría con ellos y podría ayudarla, y remarcaba la importancia de que Lionel creciera en una familia.
Poco después de que comenzaran a vivir juntos, el niño logró superar la desnutrición. Dejó de necesitar el botón gástrico porque pudo alimentarse por la boca y también abandonó las señas para comenzar a hablar. La historia de Estefanía y Lionel muestra el camino recorrido por una familia que se conformó pese a los prejuicios y a las dificultades que suelen atravesar las adopciones de niños con discapacidad o condiciones de salud complejas.



