El brote de ébola declarado el 15 de mayo en la República Democrática del Congo (RDC) cumple 100 días con más de 2.500 muertos. La emergencia sanitaria, considerada la más grave de la historia reciente del país, presenta un pronóstico desolador: según la ONU, la enfermedad se propaga a un ritmo exponencial y la mitad de las víctimas mortales fueron identificadas durante las últimas tres semanas.
El epicentro se encuentra en la provincia de Ituri, donde operan las Fuerzas Democráticas Aliadas, uno de los grupos armados más violentos de África y una extensión en el país de Estado Islámico. Sus ataques, que habitualmente dejan decenas de muertos cada semana, provocaron desplazamientos sucesivos de población y dificultaron el seguimiento de los contagios y la respuesta sanitaria.
Muchos de los desplazados se trasladaron a la vecina región de Kivu, escenario de otro prolongado conflicto armado entre el Ejército congoleño y las milicias del Movimiento 23 de Marzo (M23). El grupo controla las capitales de sus dos provincias y puso en marcha su propio programa de respuesta al brote, con una coordinación relativa con las agencias médicas internacionales, aunque sin diálogo con el Gobierno congoleño. La violencia generalizada en las seis provincias donde se registró el brote también alcanzó a los trabajadores sanitarios, que fueron víctimas de ataques específicos y quedaron expuestos a una situación cada vez más compleja.



