Una pregunta empieza a afectar la credibilidad de Javier Milei: ¿cuándo habla en serio? El Presidente, que llegó al poder con un discurso de ruptura, también actúa como un dirigente político. Sus intervenciones públicas parecen variar según la conveniencia y las circunstancias, incluso cuando decide confrontar con otros dirigentes de su misma condición.
Entre cambios constantes de tono, insultos y elogios desmedidos, Milei arriesga una parte relevante de la confianza que generan sus palabras. La sobreactuación puede producir un efecto inmediato, pero cuando se convierte en un recurso permanente instala entre muchos de sus oyentes la idea de que sus declaraciones deben interpretarse como las de un político que busca consolidar un público dispuesto a respaldarlo.
Dos semanas atrás, el Presidente viajó a Brasil y atacó a Luiz Inácio Lula da Silva. Lo hizo convencido de que esa confrontación podía favorecer electoralmente a Flavio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro y candidato a presidente en las elecciones de octubre. Milei conserva en su memoria los ataques que recibió y suele utilizarlos como justificación de su propia violencia verbal cuando considera que le resulta conveniente.
La oportunidad, en este caso, estaba dada por la posibilidad de intervenir en la campaña del principal socio comercial de la Argentina y cuestionar públicamente a su presidente. Así, empieza a imponerse la percepción de que el Milei político activa deliberadamente al Milei impulsivo porque considera que ese comportamiento puede conducirlo al éxito. El planteo admite, al mismo tiempo, que Lula también viajó a la Argentina para hacer campaña.



