“Las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos, hasta que son demasiado fuertes para que podamos romperlas”, escribió Samuel Johnson. La advertencia sirve para describir una práctica que, con el tiempo, parece haberse incorporado a la cultura política argentina: aceptar como normales la logorrea, la grosería, los insultos, la exaltación de la discordia, el egoísmo, la manipulación y las expresiones más extravagantes.
Esos comportamientos, que hoy se despliegan casi sin freno, contribuyen a degradar la conciencia colectiva y a reducir la capacidad de reacción frente a los excesos del poder. Esta dinámica no respondería solamente a una estrategia deliberada, sino también al temperamento personal de un líder místico y populista, propenso al dislate, cuyo aparato oficial debe intervenir de manera permanente para respaldarlo, justificarlo o traducir sus declaraciones, incluso con un esfuerzo desmedido.
Muchos republicanos parecen haber desarrollado una suerte de “tortícolis aguda” de tanto mirar para otro lado. De manera consciente o inconsciente, evitan registrar los desatinos, las ineptitudes y las crueldades que atribuyen al equipo de Javier Milei, quizá para no enfrentar el costo de votar su reelección. En ese repliegue, algunos dejaron de seguir las noticias y se refugiaron en las series como una forma de reducir el malestar: el dolor muscular en el cuello aparece, así, como una molestia menor frente a la indigestión que provocan ciertas decisiones y declaraciones del Gobierno. Al mismo tiempo, la administración parece incapaz de mejorar la economía real y el poder adquisitivo, y carecería de voluntad y herramientas intelectuales para hacerlo.



