El próximo domingo 12 de abril, Perú se prepara para vivir una de sus jornadas electorales más inciertas y complejas de su historia reciente. Con un total de 35 candidatos en la contienda presidencial, ninguno logra superar el 14% de intención de voto, lo que refleja una polarización extrema en el país y un elevado porcentaje de indecisos que asciende al 40%. Este panorama pone de manifiesto la búsqueda de una salida a la inercia destructiva que ha caracterizado los últimos años en la política peruana, marcada por la inestabilidad y la desconfianza en las instituciones.
En la última década, el país ha visto caer a ocho presidentes, lo que convierte la presidencia de Perú en una de las más inestables del mundo. Esta situación ha transformado la política en una lucha por la supervivencia institucional, donde la legitimidad de origen se convierte, irónicamente, en el primer paso hacia la debilidad. La falta de confianza en los líderes políticos ha llevado a un escenario donde ganar las elecciones es solo el inicio de una lucha constante por mantenerse en el poder.
Entre los principales aspirantes al sillón presidencial se encuentra Keiko Fujimori, hija del ex mandatario Alberto Fujimori. A pesar de liderar las encuestas con un escaso 14% de apoyo, Fujimori ha enfrentado la dura realidad de haber perdido en tres ocasiones anteriores en instancias de ballotage. Su propuesta incluye una militarización de las calles y un shock de desregulación económica para atraer inversiones, lo que ha generado tanto apoyo como rechazo entre los votantes.
En segundo lugar se posiciona Carlos Álvarez, un comediante conocido que ha irrumpido en la política como un outsider, logrando captar el descontento ciudadano. Con un 10% de intención de voto, su discurso se centra en la lucha contra la corrupción, utilizando un enfoque populista que resuena con muchos electores cansados del status quo. A pesar de su falta de experiencia política, su llegada a la arena electoral representa un cambio en la dinámica tradicional del país.
Rafael López Aliaga, actual alcalde de Lima, también se perfila como un competidor significativo, aunque las encuestas recientes sugieren que podría quedar fuera de la segunda vuelta. Este candidato, admirador de Nayib Bukele, ha propuesto medidas drásticas como tribunales militares para juzgar a civiles y un control estricto de las fronteras. Su plataforma conservadora ha atraído a un sector de la población que busca un enfoque más rígido ante el aumento de la criminalidad y la inestabilidad social.
Mientras tanto, Alfonso López Chau se presenta como la opción de centro-izquierda, aunque su posición en las encuestas es más débil en comparación con sus competidores. Sin embargo, la verdadera interrogante en este contexto no es quién emerge victorioso el 7 de junio, sino si el candidato electo podrá sostenerse en el cargo ante un panorama político adverso.
El presidente que asuma el 28 de julio se encontrará con un panorama parlamentario complicado, ya que el Congreso está fragmentado en múltiples bancadas, lo que garantiza conflictos de poder desde el inicio de su gestión. Además, la amenaza de la vacancia presidencial, un mecanismo que permite destituir a un presidente en un corto plazo, sigue presente como un espectro que acecha a cualquier líder electo. A diferencia de otros sistemas, donde el juicio político es un proceso extenso y regulado, en Perú la vacancia puede activarse de manera expedita, generando un clima de incertidumbre que podría hacer tambalear incluso al más fuerte de los candidatos ganadores.
Así, el futuro político de Perú se dibuja en un escenario donde la incertidumbre y la desconfianza predominan. La ciudadanía observa con expectación, pero también con temor, lo que puede deparar este proceso electoral, que más allá de la elección de un nuevo presidente, se convierte en un auténtico desafío de supervivencia para la democracia peruana.



