El presidente Javier Milei avanza rápidamente con una serie de reformas estructurales que buscan transformar el panorama político argentino, un sistema que se encuentra en un estado de deterioro evidente. En medio de esta situación, los escasos actores que aún resisten parecen atrapados entre la falta de relevancia y la resignación ante un futuro incierto.
En un giro inesperado, un proyecto que parecía estar condenado al fracaso ha encontrado un entorno propicio para desarrollar ambiciones hegemónicas. La pregunta que surge es cómo este cambio radical ha sido posible en tan poco tiempo, pasando del caos de septiembre del año pasado a un panorama más estable en marzo. La intervención decidida del gobierno de Estados Unidos y su repercusión en las elecciones de medio término jugaron un papel crucial, ayudando a consolidar un piso de gobernabilidad que ha permitido estabilizar la macroeconomía y controlar la inflación.
Sin embargo, lo que realmente explica la fuerza inusitada del gobierno de Milei es la ausencia de competencia política y el profundo debilitamiento de la oposición. Esta crisis, que no es solo resultado del triunfo de Milei, ha sido un proceso de descomposición que se venía gestando desde antes de su llegada al poder. Las recientes sesiones extraordinarias del Congreso evidencian esta situación, donde el oficialismo logró aprobar su primer presupuesto y sancionar leyes que antes eran consideradas tabú, con el apoyo de algunos gobernadores que han optado por acercarse al oficialismo en lugar de confrontar.



