Mientras los adultos discuten las causas de los malos resultados en las evaluaciones PISA, los adolescentes observan y escuchan esa conversación. También perciben las discusiones sobre qué decisiones pudieron influir en una prueba tomada el año pasado. Para ellos, el debate no es ajeno: son quienes deben asistir a la escuela secundaria, estudiar, leer y cumplir con las tareas que les proponen sus docentes.
En ese contexto, aparece una pregunta difícil de evitar: ¿para qué hacer lo que pide la escuela si, al mismo tiempo, se repite que la institución no funciona, que los resultados son pésimos, que los estudiantes no comprenden lo que leen o que no pueden resolver problemas? La conclusión puede ser brutalmente sencilla: si la escuela no sirve, ¿para qué esforzarse? No se trata de aceptar esa idea, pero tampoco de pedirles a los adolescentes que ignoren lo que escuchan de los adultos o que actúen como si nada estuviera pasando.
En realidad, los propios estudiantes vienen expresando su malestar de distintas maneras. Lo hacen cuando faltan a clases y explican que no tienen ganas de ir, cuando dicen que se aburren o cuando cumplen una tarea solamente porque “hay que hacerla”, sin encontrarle demasiado sentido. También cabe preguntarse si ese desencanto pudo haber tenido alguna expresión en la elección de 2023. Es una hipótesis que vale la pena plantear, sin perder de vista que los adolescentes no solo reciben los mensajes de la escuela: también vienen enviando los suyos todos los días.



