La violencia política en Argentina presenta un entramado complejo que se remonta a décadas atrás, marcado por eventos cruciales que han influido en la sociedad y en la política del país. Recientemente, varios comentarios han surgido en torno al golpe de Estado de 1966, liderado por Juan Carlos Onganía, que resultó en la brutal represión de la educación pública en lo que se conoció como la "Noche de los bastones largos". Esta agresión no solo destruyó universidades, sino que también sembró las semillas de la lucha guerrillera en el país. En aquel momento, la figura de Juan Domingo Perón carecía de presencia en la Universidad de Buenos Aires, excepto en la Facultad de Filosofía y Letras, donde una pequeña agrupación mantenía su nombre. En cambio, el debate predominante giraba en torno a la confrontación entre corrientes católicas y marxistas, dejando de lado la figura del líder justicialista.
El fenómeno del antiperonismo ha generado diversas interpretaciones y narrativas, algunas de las cuales son profundamente distorsionadas. Dos corrientes se destacan: por un lado, aquellos que han llevado al país a la ruina económica, y por otro, los que han optado por la violencia y el asesinato. Esta dualidad ha permitido que ciertos sectores de la oposición, al asociar al peronismo con organizaciones como la Triple A, alimenten un discurso que justifica su violencia política. En este sentido, resulta difícil establecer un diálogo con quienes sostienen tales versiones, ya que muchas veces parecen más interesados en la confrontación que en el entendimiento.
La influencia de la obra de Régis Debray, "Revolución en la revolución", publicada en 1966, marcó un punto de inflexión en la ideología de la juventud argentina, dando paso a un clima de fervor revolucionario que se intensificó en los años siguientes. En 1968, la actividad guerrillera comenzó a tomar forma y, con el tiempo, surgieron organizaciones como los Montoneros, que buscaban insertarse en el peronismo y reivindicar su historia. Este proceso culminó en el asesinato de Pedro Eugenio Aramburu, el ex presidente que había derrocado a Perón en 1955. El retorno de Perón, tras 18 años de exilio, se vio facilitado por la necesidad de integrar a la juventud radicalizada en el contexto de un país que se encontraba al borde de un estallido social.
La relación entre Perón y la guerrilla fue compleja y, a menudo, contradictoria. En su deseo por recuperar el poder, el líder justicialista decidió ofrecer altos cargos a las cabezas de las organizaciones guerrilleras, incluyendo la presidencia y las gobernaciones de provincias clave como Buenos Aires, Córdoba y Mendoza. Esta medida, aunque estratégica, planteó serias dudas sobre la legitimidad de la democracia frente a la violencia. Muchos jóvenes, que habían abrazado la lucha armada, creían que estaban en el camino hacia el poder genuino, lo que contrastaba con la visión peronista de una democracia restaurada.
Desde mi experiencia como testigo de estos acontecimientos, recuerdo la masacre de Trelew en 1972, un episodio que marcó un hito en la historia reciente del país. Tuve la responsabilidad de organizar el velorio de los fusilados en la sede del partido y posteriormente, como diputado, pasé un mes en Trelew dialogando con los sobrevivientes. La situación era tensa, ya que muchos de ellos deseaban regresar a la violencia, creyendo que era la única forma de alcanzar sus objetivos. Este dilema llevó a un intenso debate sobre si la liberación de los presos debería ser gestionada por la voluntad popular o por el poder institucional, generando divisiones dentro del movimiento.
El rol de Héctor Cámpora, quien se inclinó por la primera opción, se vio obstaculizado por la falta de control militar en momentos críticos, lo que puso de manifiesto su incapacidad para conducir el país. Este escenario llevó a Perón a asumir un liderazgo que nunca había buscado, evidenciando la fragilidad del sistema democrático en medio de una crisis de confianza. En resumen, el General Perón, al otorgar poder a la guerrilla montonera, alteró el equilibrio democrático de la nación, creando un escenario donde la violencia y la política se entrelazaron de forma indisoluble. Este proceso dejó una huella profunda en la memoria colectiva de Argentina y plantea interrogantes sobre el futuro de la democracia en un país marcado por su historia.
La violencia política en Argentina no es un fenómeno aislado, sino que es producto de una larga cadena de eventos históricos que han moldeado la identidad y el comportamiento de sus ciudadanos. La guerra fría, las luchas ideológicas y la búsqueda de un modelo de país han generado un caldo de cultivo para la violencia que, a lo largo de los años, ha dejado cicatrices profundas en la sociedad. Comprender estas raíces es fundamental para avanzar hacia una reconciliación que permita sanar las heridas del pasado y construir un futuro más pacífico y democrático.


