En el contexto histórico de la lucha por la independencia argentina, la ciudad de Tucumán se convirtió en el epicentro de un acontecimiento crucial en 1816. Los primeros en llegar a esta pequeña aldea, que apenas contaba con cinco mil habitantes, fueron los diputados porteños, muchos de ellos ataviados con galeras, mientras que otros optaron por la llegada a caballo o en mula, acompañados de asistentes y criados. La incertidumbre reinaba en el ambiente hasta la llegada de los representantes de Córdoba, quienes traían consigo a los cuyanos, los riojanos y los catamarqueños. Solo con la presencia de estos, se podía vislumbrar la posibilidad de alcanzar un número adecuado para llevar a cabo la sesión, a la que se sumarían finalmente los diputados de Santiago del Estero y Salta.
Tucumán, que había crecido en torno a la Plaza de la Libertad, un lugar que adquirió su nombre tras los sucesos del 25 de mayo de 1810, experimentaba un cambio radical en su vida cotidiana. La tranquilidad que caracterizaba a la población se vio interrumpida por los estruendos de la guerra contra el dominio español. Manuel Belgrano lideró la lucha en las afueras del pueblo en un enfrentamiento prolongado en septiembre de 1812, lo que obligó a sus habitantes a alterar su estilo de vida debido a la proximidad del enemigo. En 1816, el mismo lugar se transformaría en el escenario donde se daría cita el Congreso que definiría el futuro del país.
La residencia elegida para llevar a cabo las sesiones fue la casa de Francisca Bazán, viuda de Laguna, perteneciente a una reconocida familia local. Imaginemos por un momento si en aquella época hubieran existido los medios de comunicación actuales; seguramente, todos los periodistas habrían buscado a esta mujer de 72 años, cuyo hogar se convirtió en el protagonista de un hecho histórico. Los vecinos, ávidos de compartir su experiencia, habrían querido capturar un recuerdo junto a ella, quien de pronto se vio rodeada de un aura de celebridad.
Construida en 1760, la casa de Francisca era una imponente residencia que había sido parte de su dote matrimonial. El diseño del lugar incluía un zaguán de entrada que daba paso a varios ambientes, un primer patio rodeado de habitaciones familiares y un segundo patio que albergaba las dependencias del personal de servicio, así como la cocina y un huerto. Durante la batalla de Tucumán, este mismo espacio se convirtió en un cuartel improvisado para las tropas de Belgrano, lo que añade un matiz significativo a su historia.
"Es un orgullo que todo esto esté pasando en mi casa", solía expresar Francisca, aunque en ese momento no residía allí, sino que la alquilaba al gobierno, que la utilizó como almacén de guerra y aduana. La familia Laguna, por su parte, residía en una vivienda cercana, lo que les permitió estar involucrados en los acontecimientos que se desarrollaban en su comunidad.
Los preparativos para la llegada del Congreso comenzaron en febrero de 1816, cuando se iniciaron las reparaciones necesarias en la casa. Se realizaron trabajos en los techos y se instalaron letrinas, además de pintar el frente con cal y darle un toque distintivo a las puertas y ventanas con un azul prusiano. Para crear un espacio adecuado para las sesiones, se demolió una pared y se unieron dos ambientes, permitiendo así la capacidad para albergar a unas 200 personas. Sin embargo, la afluencia de público fue escasa, dado el caos que dominaba el país, con una guerra civil entre los porteños y las fuerzas del litoral, así como un ejército español a la vuelta de la esquina. En medio de esta atmósfera de incertidumbre, muchos consideraban que las discusiones en el congreso no llevarían a ninguna acción concreta.
El gobernador de Tucumán, coronel mayor Bernabé Aráoz, se encontraba al frente de la situación. A sus 40 años, había asumido el cargo en abril de 1814 y su carácter de caudillo le otorgaba una autoridad notable en la región. La complejidad de su liderazgo se enfrentaba a la realidad de un país fragmentado y en lucha, donde cada decisión podía tener repercusiones profundas en el camino hacia la independencia. Así, Tucumán no solo se convirtió en una sede histórica, sino también en un símbolo de la resistencia y el fervor por la libertad que caracterizaría a la nación en su búsqueda por autodeterminarse.



