Aunque falta más de un año para las elecciones, la política argentina ya funciona con lógica electoral. La percepción de que el Gobierno comenzó a perder solidez aceleró los movimientos de quienes buscan posicionarse y disputar el poder. A esa dinámica se suma una preocupación recurrente: en el país, cada elección puede provocar un giro abrupto del péndulo político, con consecuencias directas sobre la economía.

El antecedente más recordado es el llamado “lunes negro” de 2019. Un día después de que Alberto Fernández se impusiera en las PASO y quedara sepultada la posibilidad de reelección de Mauricio Macri, el dólar saltó de 46 a 57 pesos y la bolsa local se desplomó. Aquella reacción permanece como una referencia para quienes observan con inquietud los efectos que puede tener una nueva disputa por el poder.

Pero el problema no se limita a la incertidumbre económica. La política parece haber quedado reducida a una competencia por el control, en la que la astucia y la dureza pesan tanto como las propuestas. La gestión y los planes de gobierno quedan relegados, mientras cada decisión es interpretada como una maniobra para ampliar posiciones. En ese marco, la sola posibilidad de que el peronismo vuelva al poder volvió a agitar el escenario y activó a dirigentes que esperan el momento adecuado para reaparecer. La eventual reorganización de ese espacio alcanzó para inquietar a quienes temen que el oficialismo haya perdido el dominio de la situación.