La devastación provocada por los recientes terremotos en Venezuela ha dejado a miles de personas en una situación desesperante. Emilia Rada, una mujer de 73 años, es una de las muchas víctimas que se encuentra refugiada en el Polideportivo José María Vargas, en La Guaira, donde ha pasado la última semana entre la incertidumbre y el temor. "No quiero pasar mis últimos años en un refugio", confiesa Emilia, cuya vida dio un giro drástico tras los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron el país. Su hogar, que antes era su refugio, se convirtió en escombros; el piso superior se desplomó, y ella tuvo la suerte de no estar en casa en ese momento, aunque su llegada fue igualmente trágica: "No pude rescatar nada, ni siquiera mis documentos", lamenta.

La situación en el Polideportivo, destinado a albergar a los damnificados, es crítica. Emilia, que previamente había dormido en el suelo de una plaza, describe un ambiente de angustia y desesperación, donde los olores a muerte son intensos y difíciles de soportar. Muchos otros, como ella, han perdido todo y no tienen certezas sobre su futuro. La falta de información y el miedo a lo que vendrá son palpables entre los miles de afectados que se han visto obligados a dejar sus hogares. La incertidumbre se apodera de las conversaciones, y la idea de vivir en el extranjero se convierte en una opción para algunos, como es el caso de Emilia.

El Gobierno venezolano ha reconocido que más de 12.800 personas han perdido sus hogares a causa de estos desastres naturales. Delcy Rodríguez, la presidenta encargada, aseguró que se están tomando medidas para garantizar que antes de finalizar el año los afectados cuenten con nuevas viviendas. Sin embargo, la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) reporta que alrededor de 16.000 personas han tenido que buscar albergue, y muchas todavía no han encontrado un lugar seguro donde quedarse, lo que resalta la gravedad de la situación.

Las autoridades han implementado un sistema en línea llamado Patria, mediante el cual se espera que los afectados puedan acceder a ayudas sociales. Se prometió una respuesta rápida para abordar el tema de la habitabilidad, incluso con la posibilidad de reubicar a algunos en hoteles de la capital. Sin embargo, la efectividad de estas medidas es cuestionada por quienes se encuentran en los refugios, ya que muchos aún no han podido inscribirse y se ven obligados a permanecer en las calles.

Charles Cordero, un hombre de 39 años, se encuentra también entre los damnificados. Su pierna escayolada y una venda en el abdomen evidencian que él mismo fue víctima de los temblores. A pesar de que su hogar presenta daños superficiales, la incertidumbre sobre cuándo podrá regresar es abrumadora. "No sabemos qué va a pasar con nosotros. La falta de información es angustiante", expresa con un tono de desesperanza que resuena entre los presentes.

En otro refugio, José, un hombre de aproximadamente 60 años, cuida su edificio semiderrumbado en la urbanización Playa del Mar. Consciente del vandalismo que acecha las propiedades deshabitadas, se mantiene alerta, lamentando haber perdido años de su vida y su hogar en un instante. La evaluación de daños aún no ha concluido, y la posibilidad de regresar se presenta como un sueño lejano. "No sabemos si podremos volver. La situación es incierta y cada día se siente más pesada", concluye, reflejando el sentimiento de desolación que prevalece entre los afectados. La recuperación de Venezuela tras este desastre dependerá no solo de la respuesta del gobierno, sino también de la solidaridad y el apoyo de la comunidad internacional.