La reciente ofensiva conjunta de secesionistas del norte de Mali y la filial local de Al Qaeda ha encendido alarmas sobre la estabilidad del país, que ya atraviesa una crisis prolongada. Este ataque, llevado a cabo el pasado sábado, evoca paralelismos con los eventos de 2012, cuando una alianza similar desestabilizó el régimen del entonces presidente Amadou Traoré. A medida que la situación se agrava, la junta militar se enfrenta a un nuevo desafío que podría poner en riesgo su control sobre el país.

El conflicto en Mali tuvo su origen en enero de 2012, con la aparición del Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad (MNLA), que buscaba la independencia del norte del país. Este grupo, que contaba con el apoyo de diversas facciones yihadistas, logró tomar el control de importantes ciudades como Kidal, Gao y Tombuctú. La incapacidad del gobierno de Traoré para hacer frente a esta amenaza culminó en un golpe de Estado el 21 de marzo de 2012, seguido de la proclamación unilateral de independencia del Azawad el 6 de abril.

La alianza inicial entre el MNLA y grupos yihadistas como Ansar Dine, liderado por Iyad ag Ghali, resultó en la creación de la llamada 'República Islámica de Azawad'. Sin embargo, este pacto fue efímero, ya que en cuestión de meses, los yihadistas impusieron la ley islámica y desplazaron a los secesionistas del poder. A pesar de la intervención militar francesa en 2013, que logró recuperar temporalmente el control de las ciudades del norte, la situación en Mali continuó siendo volátil.

En 2015, se firmó un acuerdo de paz mediado por Argelia, cuyo objetivo era abordar las aspiraciones autonómicas del Azawad y mejorar las condiciones socioeconómicas de la región. Sin embargo, la implementación del acuerdo ha sido deficiente y las promesas de desarrollo no se han materializado, lo que ha alimentado el descontento y la frustración en el norte del país.

A medida que el contexto político se complicaba, con dos golpes de Estado entre 2020 y 2021, la junta militar que asumió el poder se distanció de Occidente, buscando nuevas alianzas, especialmente con Rusia. Este cambio en la política exterior se ha dado en un escenario donde los grupos yihadistas, como el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM) y el Estado Islámico, han ido ganando terreno en diversas regiones del país, generando un clima de inseguridad constante.

La reciente ofensiva del Frente de Liberación del Azawad (FLA), liderado por Bilal ag Cherif, ex presidente del MNLA, junto a JNIM, marca un nuevo capítulo en la insurgencia del norte. Este ataque, que se ha señalado como multifrente, busca no solo desestabilizar al gobierno actual, sino también expandir el control territorial hacia la capital, Bamako. Aunque el Ejército maliense ha declarado haber repelido el ataque y haber neutralizado a varios insurgentes, el toque de queda impuesto en la capital refleja la gravedad de la situación.

La similitud entre esta ofensiva y la de 2012 es preocupante, ya que demuestra que los secesionistas y los yihadistas siguen encontrando un terreno común en su lucha contra un Estado que se presenta cada vez más frágil. Con el foco ahora en un ataque a Bamako, la junta militar deberá enfrentar un desafío significativo que podría redefinir el futuro político de Mali en un contexto donde la inestabilidad y la violencia continúan siendo protagonistas en la vida cotidiana de sus ciudadanos.