El carnaval en Buenos Aires siempre ha sido sinónimo de descontrol y diversión, sin importar la época. Desde sus inicios, con el uso de caretas y el juego de agua, las festividades se convirtieron en un verdadero desafío para las autoridades. La alegría de la gente, que en ocasiones se tornaba en violencia, generaba situaciones caóticas que podían culminar en actos delictivos, incluyendo asesinatos y agresiones.

Ya durante la época colonial, las autoridades lucharon por contener los festejos. El virrey Juan José Vértiz, preocupado por el escándalo que generaban los ruidosos bailes y los estruendosos tambores, decidió restringir las celebraciones a espacios cerrados, buscando así evitar molestias a los vecinos más conservadores. Sin embargo, esta medida no logró frenar el descontrol, ya que los bailes a menudo terminaban en destrozos, robos y situaciones de abuso.

Con el paso del tiempo, la festividad se transformó y se popularizó el uso de agua y otros elementos como harina y huevos. A pesar de que algunos sectores de la sociedad desaprobaban estas prácticas, el espíritu del carnaval seguía vivo. En 1822, el periódico El Argos describía cómo los habitantes de la ciudad se entregaban a una alegría casi desenfrenada, lo que generaba críticas por parte de quienes consideraban que el carnaval era un juego indeseable. A lo largo de los años, distintas autoridades, incluido Juan Manuel de Rosas, intentaron regular los festejos, aunque la esencia del carnaval permaneció en el corazón del pueblo.