Guillermo Lousteau, un destacado abogado, académico y pensador argentino, dejó una huella profunda en el ámbito intelectual del país a lo largo de sus noventa años de vida. Nacido el 11 de septiembre de 1934, Lousteau fue un testigo y partícipe de los cambios políticos y sociales que marcaron la historia argentina en el siglo XX y XXI. Su trayectoria se caracterizó por una evolución notable, pasando de un nacionalismo radical a convertirse en un ferviente defensor del liberalismo. Esta transformación no solo refleja su capacidad de adaptación, sino también su compromiso con el debate de ideas y la búsqueda de la verdad.
Desde sus primeros años, Lousteau se destacó en el ámbito académico y político. A la temprana edad de 28 años, fue nombrado secretario de Culto durante el gobierno provisional de José María Guido, bajo la dirección del renombrado canciller Carlos Manuel Muñiz. Esta posición marcó el inicio de su carrera pública, que continuó con roles significativos en la Universidad de Neuquén y en el ámbito del turismo, donde se desempeñó como secretario de Turismo y director de la línea aérea AUSTRAL. A lo largo de su vida, Lousteau no solo se dedicó a su carrera, sino que también se convirtió en un referente para muchos jóvenes intelectuales que buscaban un camino en el pensamiento crítico y la acción política.
Mi relación personal con Lousteau comenzó hace aproximadamente quince años en Florida, gracias a la mediación de José Benegas. Desde nuestra primera conversación, me di cuenta de que estaba ante una mente brillante. Lousteau no solo era un amigo entrañable, sino también un mentor que me animó a escribir y explorar nuevos temas, como lo hice con un libro sobre Rusia, que surgió a raíz de las discusiones que mantuvimos en el InterAmerican Institute for Democracy, una organización que él ayudó a fundar. Esta institución se convirtió en un espacio vital para el intercambio de ideas sobre la libertad y la democracia en las Américas.
En su etapa en el sur de la Florida, Lousteau logró establecer un centro de pensamiento que promovía las ideas de libertad, lo cual era un desafío en un contexto donde predominaban visiones más restrictivas. Su capacidad de reunir a intelectuales y fomentar el debate cultural fue notable. Recuerdo un seminario particularmente enriquecedor sobre Gramsci, en el que participamos junto a César Vidal, quien también compartía su visión crítica y provocadora del mundo contemporáneo. A través de estas iniciativas, Lousteau se convirtió en un pilar fundamental para aquellos que defendían la libertad y los derechos individuales, mostrando que el diálogo y el intercambio de ideas son esenciales para el desarrollo de una sociedad pluralista.
A lo largo de su vida, Lousteau nunca dejó de cuestionar y reflexionar sobre sus propias creencias. Este rasgo, que puede parecer simple, es en realidad un signo de una verdadera sabiduría. En varias ocasiones, me confesó que revisó muchas de las ideas que había sostenido en su juventud, lo que demuestra su disposición a crecer y adaptarse a nuevas realidades. Su regreso a Buenos Aires lo llevó a integrarse en diversos grupos de discusión, como el CARI y la Academia, donde su presencia siempre era sinónimo de enriquecimiento intelectual.
Pocos meses antes de cumplir 92 años, Lousteau continuaba siendo una voz activa en el debate público, aportando su perspectiva única y su análisis profundo. Su legado no solo se mide por los cargos que ocupó o los libros que escribió, sino también por la influencia que ejerció sobre generaciones de pensadores y políticos. Su amistad y su capacidad para fomentar el diálogo son recordados con cariño por quienes tuvieron la fortuna de conocerlo y aprender de él. Guillermo Lousteau deja un vacío en el panorama intelectual argentino, pero su pensamiento y su compromiso con la libertad seguirán inspirando a futuras generaciones.



