En la reciente celebración del Te Deum en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, el arzobispo Jorge Ignacio García Cuerva pronunció un mensaje contundente que se centró en la necesidad de “refundar el vínculo social y político entre los argentinos”. En un contexto marcado por la polarización y la exclusión de sectores de la sociedad, García Cuerva hizo un llamado urgente a superar las divisiones y fomentar el diálogo entre todos los ciudadanos. Su homilía se convirtió en una reflexión profunda sobre el impacto negativo de las redes sociales en la cohesión social y en la construcción de un futuro compartido.
El arzobispo no escatimó en críticas hacia la irresponsabilidad que representan las confrontaciones que se desarrollan en las plataformas digitales. “La sombra de una nube de desmembramiento social se asoma en el horizonte”, advirtió, enfatizando que diversos intereses ajenos a las necesidades colectivas afectan la convivencia. En su discurso, García Cuerva se refirió a los “odiadores” del pasado y a los “haters” contemporáneos, quienes desde la comodidad de una pantalla se dedican a descalificar y difamar a otros, lo que él calificó como “terrorismo de las redes”.
Durante su homilía, el arzobispo citó al Papa León, instando a la comunidad a abstenerse de utilizar un lenguaje que lastima y afecta a los demás. “Desarmar el lenguaje” y renunciar a las palabras hirientes son parte de un esfuerzo más amplio que incluye cultivar la amabilidad en todas las áreas de la vida, como la familia, las amistades, el trabajo, las redes sociales y los medios de comunicación. Este llamado se presenta como una necesidad imperiosa para sanar las relaciones sociales deterioradas.
García Cuerva identificó la falta de diálogo como uno de los déficits más graves que enfrenta Argentina. Según su análisis, el espíritu faccioso que prevalece en la sociedad ha dado lugar a una lógica sectaria, donde lo que está dentro de un grupo es considerado bueno, y lo que está afuera es descalificado. Este fenómeno, argumentó, exacerba el odio y promueve un clima de hostilidad que impide el entendimiento y la colaboración entre diferentes sectores de la población.
El arzobispo resaltó que el uso del insulto y la ofensa son recursos que emplean aquellos que carecen de argumentos sólidos y que actúan motivados por intereses privados y egoístas. “Basta de arengar la división y la polarización porque nadie se salva solo”, enfatizó, subrayando la importancia de cerrar la grieta que divide a los argentinos. En su discurso, hizo eco de la necesidad de construir una nueva narrativa que fomente la unidad en lugar de la separación.
En una metáfora poderosa, García Cuerva comparó a los “odiadores” de hoy con los escribas de la época de Jesús, quienes criticaban desde una posición de privilegio y desconexión con las realidades de la gente común. Esta crítica no solo se dirige a los que ocupan cargos de poder, sino también a quienes permanecen indiferentes ante las injusticias y renuncian a utilizar la política como un instrumento para el bien común. La unidad, según el arzobispo, no es un simple concepto vacío; es una tarea que requiere esfuerzo colectivo y compromiso genuino.
Al finalizar su discurso, García Cuerva instó a los políticos a reconocer que la conducción del país no puede recaer en manos de una facción o grupo aislado. “Una gestión que depende de 46 millones de argentinos es esencialmente colectiva”, afirmó, recordando que el éxito de un liderazgo eficaz radica en la capacidad de construir puentes y consensos. En un momento en que el país enfrenta múltiples desafíos, su mensaje resuena como un llamado a la esperanza y a la acción conjunta para lograr un futuro mejor para todos los argentinos.


