La política reducida a una disyuntiva entre “ellos o nosotros” suele presentar cualquier resultado como una batalla definitiva entre el orden y el caos. Esa lógica, asociada al kirchnerismo a partir de la influencia del teórico Ernesto Laclau, también forma parte del discurso de su principal adversario político, Javier Milei. La particularidad es que el Presidente suele reivindicarla en nombre de la libertad.
Durante el encuentro “Vientos de cambio”, organizado por la Fundación Libertad y Progreso, Milei profundizó esa mirada binaria. “Esta vez ustedes van a tener las ideas de la libertad, las ideas de progreso, las ideas de la prosperidad. Del otro lado van a tener el modelo decadente”, afirmó. Luego agregó: “Si no ganamos, es porque como sociedad estamos decidiendo suicidarnos”.
La frase resulta especialmente problemática en un país donde, según los datos oficiales del Sistema Nacional de Información Criminal del Ministerio de Seguridad, la cantidad de suicidios viene creciendo de manera sostenida. En 2025, 5209 personas murieron por esa causa, un 22,6% más que el año anterior. Entre los jóvenes de hasta 34 años, el suicidio ya constituye la principal causa de muerte, por encima de la inseguridad vial.
Las penurias económicas y la incertidumbre sobre el futuro aparecen como algunas de las presuntas causas de ese fenómeno. En ese contexto, la apelación presidencial al suicidio como metáfora política expone una falta de prudencia frente a un problema social concreto. La misma preocupación surge ante la afirmación que Milei realizó en Santiago, al sostener que durante la dictadura de Augusto Pinochet Chile conoció “los frutos de la libertad”. Ambas expresiones plantean interrogantes sobre los límites de un discurso que presenta las diferencias políticas como una elección entre la salvación y la decadencia.



