La semana dejó una sucesión de episodios que exponen, según el planteo de la columna, una creciente pérdida de coherencia en la vida pública. Un presidente insultó a otro durante una visita al país de origen de su colega y, al regresar, firmó un decreto que prohíbe el ingreso de extranjeros que expresen “mensajes de odio” contra la Argentina. En paralelo, una expresidenta condenada por corrupción es presentada por sus abogados como una perseguida política.

El panorama se completa con la intervención del Gobierno, a través del ministro del área, en favor de los dueños locales del fútbol ante los tribunales. Mientras tanto, jueces estadounidenses avanzan en una investigación vinculada con presuntos delitos de fraude y lavado de dinero. Cada uno de esos asuntos podría ocupar una columna, pero el foco está puesto en una preocupación más amplia: la forma en que la mentira y la verdad parecen convertirse en elementos intercambiables, impulsados por emociones manipuladas en las redes sociales o desde el poder.

En ese contexto, el texto destaca que más de mil empleados de las principales empresas de inteligencia artificial formularon un pedido formal. La información disponible no precisa cuál fue el contenido de esa solicitud, pero la escena es presentada como una señal de alarma: quienes trabajan en el desarrollo de estas tecnologías parecen advertir sobre una amenaza que ya no estaría contenida. El planteo alerta así sobre el riesgo de confundir una apariencia inofensiva con un peligro de mayores dimensiones.