En poco más de una década, la política migratoria de la Unión Europea pasó de cuestionar el uso de concertinas en las vallas de Ceuta y Melilla a debatir la creación de centros de retorno en terceros países. El cambio también incluye la posibilidad de reforzar las fronteras exteriores con más recursos físicos, tecnológicos y humanos.
Hace más de diez años, la Comisión Europea había pedido a España que buscara alternativas a las concertinas y había advertido que la vigilancia fronteriza debía ser proporcionada y respetar los derechos fundamentales. Desde entonces, la crisis de refugiados de 2015, la instrumentalización de los flujos migratorios por parte de terceros países, el cuestionamiento del espacio Schengen y el crecimiento de las fuerzas de derecha y ultraderecha impulsaron un endurecimiento progresivo de las políticas comunitarias.
Ese giro se tradujo en una mayor prioridad para el control fronterizo, la aceleración de los retornos y la cooperación con los países de origen y tránsito. El episodio registrado en Ceuta, con la entrada de decenas de miles de personas desde Marruecos, volvió a poner el tema en el centro de la agenda y llevó a Bruselas a reclamar la aplicación plena de las nuevas políticas migratorias y el refuerzo de la respuesta común, con más vigilancia y mejores sistemas de prevención.
“Europa nunca ha tenido tanto control sobre la migración irregular como ahora”, sostuvo esta semana el comisario europeo de Interior, Magnus Brunner. Sin embargo, el funcionario advirtió que las imágenes de la tragedia humanitaria obligan a extraer conclusiones. Según organizaciones como Caminando Fronteras y la Asociación Marroquí de Derechos Humanos, el episodio dejó hasta 141 fallecidos.



