El 3 de febrero de 1852, la llegada de soldados a Buenos Aires con la noticia de la derrota de Juan Manuel de Rosas en Caseros desató el descontrol en la ciudad. Ante el temor de represalias por parte de los vencedores, la población se sumió en el pánico y la inseguridad.
Con Rosas y sus tropas enfrentando a Justo José de Urquiza en el Puente de Márquez, la responsabilidad de la defensa de Buenos Aires recayó en el general Lucio Norberto Mansilla. Este militar, que había destacado en la batalla de la Vuelta de Obligado, se encontró liderando una fuerza compuesta mayoritariamente por hombres que no estaban en condiciones de combatir. A pesar de sus esfuerzos por organizar la resistencia, el temor se apoderó de sus tropas, que comenzaron a dispersarse ante la inminente llegada del enemigo.
La situación se deterioró rápidamente cuando los guardias de la cárcel del Cabildo abandonaron su puesto, permitiendo que los presos se armara y se unieran a los saqueadores. En cuestión de horas, grupos de hombres, mujeres y niños recorrieron la ciudad en busca de bienes, atacando tiendas y comercios. Mientras algunos se atrincheraban en sus hogares, otros tomaban las calles, llevando consigo el caos y la anarquía que caracterizaban a esos tiempos convulsos.



