La celebración del Viernes Santo en Bolivia se ha convertido en un evento de profunda reflexión y devoción para los católicos, quienes participan anualmente en emotivas procesiones del Santo Sepulcro en diversas ciudades del país. Este año, los actos religiosos comenzaron en la tarde del 3 de abril, y congregaron a miles de fieles en lugares emblemáticos como La Paz, Santa Cruz, Sucre, Cochabamba, Oruro y Potosí. Las ceremonias, que atraen tanto a creyentes como a autoridades locales y nacionales, han mantenido una rica tradición que se remonta a siglos pasados.
Las calles de las principales ciudades bolivianas se llenaron de fervor religioso, iniciando la jornada a las 17:00 hora local (21:00 GMT) con el Sermón de las Siete Palabras, seguido por la Adoración de la Cruz y la comunión sin consagración eucarística. El alcalde de La Paz, Iván Arias, destacó la importancia de esta celebración, afirmando que "este es un acto de los más importantes que tiene la ciudad que refleja nuestra fe y devoción al Señor". Su participación junto a las Fuerzas Armadas y la Policía resalta el significado cultural y espiritual de la festividad, que recuerda la muerte y resurrección de Cristo.
La Procesión del Santo Sepulcro en La Paz tiene raíces que se remontan al siglo XVII, cuando José Gurruchaga y su esposa, Rosalía Ruiz, decidieron importar la tradición española de Semana Santa a tierras bolivianas. Rudy Aponte, miembro de la Cofradía del Santo Sepulcro, enfatizó la relevancia de recuperar este circuito patrimonial, que ha sido un símbolo de identidad religiosa y cultural a lo largo de los años. Esta iniciativa no solo rescata costumbres, sino que también busca mantener viva la conexión con el pasado colonial del país.
Previamente a la independencia de Bolivia en 1825, las familias españolas de la región tenían un papel protagónico en la organización de estas ceremonias, mientras que los indígenas eran los encargados de portar las imágenes religiosas. Con el paso del tiempo, la participación de las autoridades se fue consolidando, y las ceremonias empezaron a incluir a figuras como el presidente de la República, ministros de Estado, y el obispo de la ciudad. Esta evolución refleja el entrelazamiento de la religión con la política en la historia del país.
A medida que el siglo XX avanzó, la festividad fue enriquecida con la creación de la hermandad del Santo Sepulcro, cuyos integrantes, vestidos con túnicas simbólicas, han aportado un carácter distintivo a las procesiones. Estos caballeros, que portan cruces y cubren sus rostros con capuchas, evocan el estilo ibérico y añaden un elemento visual que resalta la solemnidad del evento. En la actualidad, la imagen del Santo Sepulcro es acompañada por otras figuras religiosas, como el Señor de la Sentencia, el de las Caídas del Gólgota y la Virgen Dolorosa, formando un conjunto que atrae a multitudes.
Desde la declaración de Bolivia como un Estado laico en 2009, la participación oficial de autoridades en estas ceremonias no es obligatoria. Sin embargo, la religiosidad del actual presidente, Rodrigo Paz, ha llevado a un renovado involucramiento de figuras gubernamentales en las celebraciones religiosas. Este cambio en la dinámica ha permitido que el fervor religioso y el reconocimiento de la tradición católica convivan con un marco institucional que respeta la diversidad de creencias en el país.
En otras ciudades como Sucre, la capital constitucional, la procesión del Santo Sepulcro también se llevó a cabo con gran solemnidad, contando con la presencia de autoridades locales como la ministra de Turismo, Cinthya Yáñez. Esta manifestación de fe, que tiene sus orígenes en la época colonial, no solo reafirma la identidad cultural de los bolivianos, sino que también fortalece los lazos comunitarios en un contexto donde la religión y la tradición juegan un papel fundamental en la vida cotidiana de los ciudadanos. En Santa Cruz, Potosí y Oruro, la participación masiva en estas ceremonias es un testimonio del arraigo que la fe católica tiene en la sociedad boliviana, demostrando que estas tradiciones siguen vigentes y son motivo de unidad y reflexión en tiempos contemporáneos.



