En un reciente y escalofriante operativo, la policía se presentó en una sencilla vivienda de Short Creek, pero no recibió respuesta alguna. Dentro de esa casa, según las grabaciones obtenidas por los investigadores Christine Marie y Tolga Katas, había un grupo de mujeres y niñas que aguardaban instrucciones de un solo hombre: Samuel Rappylee Bateman. Estas grabaciones, que incluyen tanto audio como video, se convirtieron en la base de una investigación federal que desmanteló una de las facciones más opacas de la Iglesia Fundamentalista de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (FLDS), que había permanecido activa a pesar de la condena de su líder anterior, Warren Jeffs.
Tras la sentencia de Warren Jeffs en 2011, la comunidad de Short Creek se encontró en una encrucijada. Dividida entre Hildale, Utah, y Colorado City, Arizona, la comunidad FLDS continuó aferrándose a sus principios poligámicos, pero carecía de un liderazgo sólido. Esta falta de un guía central propició un ambiente de incertidumbre y competencia interna, lo que creó un terreno fértil para el ascenso de Bateman. Nacido en 1976 y criado en Colorado City, Bateman supo aprovechar el desconcierto reinante para presentarse como el nuevo portavoz de la voluntad divina.
Aprovechando la confusión generada por la caída de Jeffs, Bateman proclamó que el antiguo líder había fallecido y que, a partir de ese momento, cualquier mensaje de Dios se transmitiría únicamente a través de él. Esta estrategia le permitió no solo consolidar su poder, sino también diferenciarse de la comunidad FLDS en general, creando su propia secta denominada los Samuelitas, que se caracterizaba por prácticas aislacionistas y un ferviente culto a la personalidad.
Desde 2019, Bateman formalizó su escisión y logró reunir a un grupo de aproximadamente 50 personas, que incluía tanto adultos como menores, bajo su control absoluto. La devoción de sus seguidores se tradujo en una entrega total, que implicaba desde recursos económicos hasta la cesión de hijas menores como esposas espirituales. Este fenómeno reafirma la complejidad de la dinámica de poder en sectas religiosas, donde el líder utiliza la manipulación emocional y la coerción para mantener su influencia.
La reciente docuserie de Netflix, titulada "Trust Me: The False Prophet", expone cómo Bateman ejercía su control sobre la vida diaria de sus seguidores, limitando la comunicación con el exterior y reubicando a familias enteras para asegurar su aislamiento. Su régimen se caracterizaba por una combinación de doctrinas estrictas, presión económica y vigilancia constante. En la "Blue House", Bateman residía con sus esposas elegidas, mientras que en la “Green House” las condiciones de vida eran deplorables, con hacinamiento y una supervisión constante, lo que fragmentaba cualquier intento de resistencia y aumentaba la dependencia de sus seguidores.
Los testimonios de Christine Marie y Tolga Katas, quienes inicialmente se ofrecieron como voluntarios humanitarios tras una inundación en 2015, revelan la profunda opresión que se vivía en el círculo de Bateman. Una de las esposas adultas, Nomz Bistline, relató en el documental que el control del líder era total: “Si cuestionabas, te exiliaban. Yo pasé tres meses en un remolque solo por preguntar algo”. Esta declaración ilustra el clima de miedo y represión que caracterizaba a la comunidad.
El sometimiento de las mujeres y niñas se mantenía mediante amenazas de castigos “espirituales” y rituales de “expiación de sangre”, donde Bateman advertía que la desobediencia conllevaba una redención que solo podía lograrse a través de la muerte espiritual o física. Esta atmósfera de terror y manipulación no solo destaca las atrocidades cometidas en nombre de la fe, sino que también revela la fragilidad de las estructuras de poder dentro de comunidades que operan al margen de la ley y la moral.
A medida que la investigación avanza, el caso de Bateman se convierte en una profunda reflexión sobre los peligros de las sectas y la vulnerabilidad de aquellos que buscan pertenencia en entornos tan complejos y manipuladores. La historia no solo es un llamado de atención sobre la necesidad de protección para los más vulnerables, sino también sobre la importancia de cuestionar y desafiar las narrativas de poder que perpetúan el abuso y la opresión.



