El centro histórico de Quito se ha convertido en un punto de atracción tanto para turistas como para locales, convirtiéndose en un verdadero museo al aire libre durante las horas del día. Las calles, adornadas con arquitectura colonial, basílicas y catedrales, se llenan de visitantes que recorren sus empedradas veredas. Sin embargo, esta imagen vibrante se desdibuja con la caída del sol, cuando las persianas se bajan y las calles se vacían lentamente. Este fenómeno, que el urbanista Fernando Carrión define como “morir de éxito”, refleja una compleja interacción entre el incremento del turismo y la creciente inseguridad que afecta a la ciudad.
En las últimas dos décadas, el centro histórico ha experimentado una notable transformación demográfica. Lo que en el año 2000 era hogar de aproximadamente 50,000 personas, hoy ha visto una disminución de más del 40% de su población residente. Este éxodo ha sido reemplazado por un aumento en la cantidad de cafeterías, hoteles boutique y espacios diseñados para satisfacer las necesidades de los visitantes. No obstante, esta transformación también ha generado una percepción de inseguridad entre la población local, que ve en estos espacios turísticos zonas donde su seguridad puede estar comprometida.
La crisis de seguridad en Ecuador, caracterizada por la implementación de estados de excepción y toques de queda, ha influido en estos cambios. Sin embargo, este fenómeno no es exclusivo de Quito; ciudades de toda América Latina están enfrentando una tendencia similar, donde las clases medias y altas prefieren trasladarse a las periferias, dejando atrás un centro histórico que se convierte en un espacio mayormente popular y, a menudo, estigmatizado. En este contexto, la percepción de inseguridad juega un papel crucial, ya que muchas personas consideran que áreas que son un atractivo turístico durante el día se vuelven peligrosas al caer la noche.
Fernando Carrión sostiene que esta transformación implica un cambio en el uso del suelo, desplazando el enfoque residencial hacia actividades comerciales más lucrativas. Este fenómeno de “boutiquización” está reconfigurando el paisaje urbano de Quito, desplazando a más residentes de lo que se había anticipado. Guadalupe, propietaria de una cafetería tradicional en el centro histórico, comenta sobre cómo ha tenido que ajustar su horario de cierre debido al aumento de la competencia y a la sensación de inseguridad que predomina en el ambiente. "Antes cerraba a las 23:00, pero ahora lo hago a las 18:00", lamenta.
Situaciones similares enfrentan otros comerciantes. Augusto, dueño de una relojería emblemática, también ha optado por cerrar más temprano, argumentando que el ambiente se vuelve cada vez más desolado. Este miedo generalizado ha llegado a convertirse en un “principio urbanístico”, según Carrión, donde los ciudadanos eligen sus espacios de vida y trabajo basándose en la percepción de seguridad. Este ciclo de temor y estigmatización contribuye al abandono de numerosos edificios históricos, que ahora permanecen vacíos y en venta, esperando un destino incierto.
El fenómeno de la “aporoficación”, como lo define Carrión, se contrasta con la gentrificación observada en muchas ciudades europeas. Mientras que en el Viejo Continente se busca revitalizar áreas urbanas, en Quito se observa un proceso de deterioro que empuja a los antiguos residentes hacia periferias en busca de mejores condiciones de vida. Esta dinámica no solo afecta a los habitantes, sino que también repercute en la infraestructura educativa, con antiguos colegios cerrando sus puertas y dejando a la comunidad sin espacios fundamentales para la educación.
En resumen, el centro histórico de Quito enfrenta un dilema complejo: combinar el crecimiento del turismo y los negocios con la necesidad de preservar la vida comunitaria y la seguridad de sus habitantes. Las decisiones que se tomen en los próximos años serán cruciales para determinar el futuro de este emblemático sector y su capacidad de mantener un equilibrio entre la atracción turística y la vida vecinal.



