Rubén Andrés Grasso, actualmente cumpliendo una condena de prisión perpetua en la Unidad 28 de Magdalena, ha sido señalado como el cabecilla de una organización criminal que operaba estafas telefónicas desde el interior del penal. Grasso, condenado por el doble homicidio de Leonardo “Mago Alex” Fernández y Jéssica Alberti Cigola en 2019, utilizaba su posición para coordinar una serie de fraudes que involucraban tanto a cómplices en libertad como a un agente del Servicio Penitenciario Bonaerense. Las investigaciones realizadas por la DDI de San Isidro, bajo la dirección del fiscal Patricio Ferrari, revelaron un entramado complejo que abarcaba desde estafas telefónicas hasta suplantación de identidades y movimientos de dinero ilícitos.
El modus operandi de la banda se basaba en la utilización de teléfonos celulares y cuentas apócrifas, lo que les permitía comunicarse con sus cómplices en el exterior y llevar a cabo sus maniobras delictivas. La investigación indicó que Grasso, junto a otros internos, ejecutaba estas actividades delictivas desde la prisión, mientras un agente penitenciario colaboraba con ellos facilitando el acceso a información y recursos necesarios para llevar a cabo las estafas. Esta colaboración entre internos y personal del sistema penitenciario pone de relieve graves falencias en la seguridad y control dentro de las instituciones carcelarias.
A medida que las pesquisas avanzaban, se produjo la detención de Grasso en marzo, y recientemente, el arresto de los hermanos Nicolás Adrián y Jonathan Agustín Corbalán, quienes también se encuentran cumpliendo condenas en la Unidad 35 de Magdalena por delitos de robo. La participación de los Corbalán en la red delictiva muestra cómo la organización se expandía más allá de un único individuo, involucrando a varios internos que cooperaban en el desarrollo de las estafas. Además, el allanamiento y la imputación de Rodolfo Ezequiel C., conocido como “Sobrino”, un sargento del Servicio Penitenciario Bonaerense, pone en evidencia la complicidad de funcionarios encargados de la vigilancia y el control.
El rol de “Sobrino” fue fundamental, ya que se le acusa de actuar como intermediario entre Grasso y el mundo exterior, facilitando el flujo de información y dinero entre los integrantes de la banda. Este tipo de colaboración entre internos y personal penitenciario no solo representa un riesgo para la seguridad, sino que también plantea interrogantes sobre la administración y supervisión de las cárceles, donde la corrupción puede comprometer la integridad del sistema judicial.
Por otro lado, Agustina Nahiara Molina y Yamila Soledad Solorzano, quienes también fueron identificadas como colaboradoras externas, se encargaban de operar cuentas bancarias y recibir transferencias, lo que les permitía jugar un papel activo en el funcionamiento de la red. Ambas mujeres cuentan con antecedentes judiciales por delitos relacionados, lo que sugiere que su participación en esta organización no fue un hecho aislado, sino parte de un patrón más amplio de actividad delictiva.
Un aspecto alarmante de esta investigación es la revelación de audios que muestran cómo los estafadores engañaban a las víctimas. En una conversación registrada, un individuo que se hacía pasar por técnico de una empresa de telefonía móvil guiaba a un usuario a través de una serie de pasos para obtener información sensible, bajo la excusa de proteger su privacidad. Este tipo de tácticas engañosas, que incluyen la manipulación psicológica y la suplantación de identidad, son cada vez más comunes y reflejan la evolución de las técnicas de estafa en la era digital. La gravedad de estos delitos, perpetrados tanto desde la cárcel como desde el exterior, destaca la necesidad urgente de reforzar las medidas de seguridad y control en las instituciones penitenciarias y en el uso de tecnologías de comunicación.
En resumen, la desarticulación de esta red delictiva liderada por Rubén Grasso no solo pone de manifiesto la capacidad de los internos para continuar operando desde la cárcel, sino que también plantea importantes cuestionamientos sobre la efectividad del sistema penitenciario en Argentina. La colaboración entre internos y personal penitenciario, así como la implicación de cómplices en libertad, subraya la complejidad de la lucha contra el crimen organizado y la necesidad de un enfoque más riguroso y preventivo en la regulación de estos entornos. Las implicaciones de este caso se extienden más allá de la justicia penal, tocando fibras sensibles sobre la confianza pública en las instituciones encargadas de la seguridad y el orden social.



