Mi hija mayor, que vive en España, volvió por unas semanas a Buenos Aires para hacer algunos trámites. Tenerla otra vez en casa me produce una alegría particular: en las conversaciones cotidianas, incluso cuando apenas hablamos de asuntos triviales, recupero una cercanía que nunca se perdió, aunque la distancia la haya transformado. Ya no hace falta completar con la imaginación los silencios de las charlas telefónicas entre una orilla del Atlántico y la otra. Ahora estamos frente a frente.
A los pocos días, su presencia vuelve a parecer natural, como si nunca se hubiera ido. Primero se marchó para vivir su independencia en una casa alquilada junto a una amiga y, más tarde, se instaló con su pareja en una ciudad cercana a Barcelona, donde comenzó otra experiencia. Pero esta vez ya no es la niña a la que llevaba al colegio en las mañanas inhóspitas, ni la adolescente a la que buscaba de madrugada después de fiestas que empezaban pasada la medianoche y terminaban con la llegada del primer sol. Tampoco necesita que le prepare un jugo de naranja para el desayuno. Es una adulta y tiene su propia vida; esa realidad modifica el vínculo y también la casa.
La vivienda a la que regresó es la misma en la que creció, aunque al mismo tiempo se ha convertido en otra. También sus padres somos otros. Tal vez por eso recorre los ambientes en busca de objetos y libros de su infancia y su adolescencia para llevarse cuando vuelva a partir. Los reúne como un arqueólogo que rescata y limpia las reliquias desenterradas: fragmentos de un tiempo que no quiere perder. Anteayer, por ejemplo, me pidió libros sobre mitología.



