Agustina Lanteri y Sebastián Popritkin se conocieron en la Escuela de Arte Gastronómico (EAG), donde compartieron su interés por las combinaciones de sabores y los ingredientes. La amistad que construyeron en ese ámbito derivó en un proyecto común, impulsado por el deseo de cambiar de rumbo y darle un giro a sus vidas profesionales.
“Meternos en el mundo gastronómico fue una decisión consciente y apasionada, en la búsqueda de darle un giro de 180 grados a nuestras vidas”, cuentan al recordar los comienzos de Barragán, la primera lonchería de Buenos Aires. Con una propuesta de comida mexicana, el emprendimiento se consolidó en el último tiempo como una de las alternativas más originales de la escena gastronómica porteña y sumó sucursales en Caballito, Palermo y Saavedra.
La relación de Agustina con la gastronomía se profundizó durante el año que vivió en Francia. Al regresar a Buenos Aires, decidió estudiar cocina de manera formal. Sebastián, en tanto, trabajaba como diseñador, aunque sentía una atracción cada vez mayor por el universo de los restaurantes. “Estudié gastronomía como una forma de cambiar de rumbo y, sobre todo, para cumplir el deseo de emprender”, recuerda.
Sus caminos se cruzaron en la EAG y, a partir de un sueño compartido, comenzaron a planificar un negocio propio. El primer intento estuvo vinculado con la cocina saludable, pero el proyecto quedó trunco con la llegada de la pandemia de Covid. Lejos de desanimarse, ambos continuaron buscando una alternativa que les permitiera avanzar en el mundo gastronómico. Así surgió Barragán, una propuesta enfocada en la comida mexicana que con el tiempo logró expandirse por distintos barrios de la Ciudad de Buenos Aires.



