A cuatro años del inicio de la invasión a gran escala de Ucrania, el impacto de la guerra en Rusia excede ampliamente el frente de batalla. El conflicto modificó la economía, la política, la demografía y la vida cotidiana de millones de personas, en un contexto de creciente cansancio social por una contienda que ya se extendió más que la Primera Guerra Mundial.

El estancamiento militar también incrementa las presiones sobre el gobierno de Vladimir Putin. La aprobación del presidente se encuentra en su nivel más bajo desde el comienzo del conflicto, mientras que el aumento del gasto bélico afecta a la economía. A esa situación se suman los cortes de internet móvil implementados para impedir ataques de drones ucranianos, una medida que provoca un fuerte malestar entre los habitantes.

La sociedad rusa quedó dividida entre quienes respaldan activamente la campaña militar, quienes la rechazan —y en algunos casos emigraron o optaron por guardar silencio— y una mayoría que procura adaptarse a las nuevas condiciones. Encuestas recientes reflejan fatiga y preocupación por el futuro económico. A comienzos de julio, la Fundación de Opinión Pública (FOM), una encuestadora cercana al Kremlin, informó que el 55% de los consultados afirmó que sus compañeros y familiares se sentían ansiosos, frente al 40% registrado el año anterior.

La escasez de combustible representa otro desafío político para Putin. La campaña de drones ucranianos contra numerosas refinerías de petróleo rusas afectó el abastecimiento y convirtió a la guerra en un problema cada vez más visible para la población. Como consecuencia, las colas en las estaciones de servicio son cada vez más extensas.