La reciente escalada del conflicto en Irán ha puesto a Vladimir Putin en una posición complicada. Pete Hegseth, secretario de Guerra de Estados Unidos, aseguró el 2 de marzo que "no iniciamos esta guerra, pero estamos trabajando para finalizarla". Esta declaración resuena con las palabras del presidente ruso, quien en ocasiones anteriores también se había manifestado sobre la guerra, sugiriendo que su enfoque es de resolución más que de conflicto. Sin embargo, la respuesta de Moscú al ataque estadounidense contra Irán ha sido bastante silenciosa, lo que podría reflejar un intento de mantener ciertas relaciones estratégicas, especialmente con el expresidente Trump.

A pesar de haber perdido dos aliados importantes en un corto período debido a las intervenciones militares de Estados Unidos, como Nicolás Maduro y el ayatollah Khamenei, Putin ha optado por un enfoque cauteloso. Su respuesta inicial al asesinato de Khamenei fue un telegrama de condolencias, en el cual expresó que se trataba de "una violación cínica de la moral y el derecho internacional". Sin embargo, el Kremlin se ha distanciado de cualquier implicación directa, subrayando que "no es nuestra guerra", según el portavoz Dmitry Peskov, quien también advirtió sobre la necesidad de actuar conforme a los intereses rusos.

En términos de apoyo militar, la colaboración entre Rusia e Irán ha demostrado ser limitada desde el inicio del conflicto. Aunque se han reportado intercambios de información sobre objetivos militares, la efectividad de los sistemas de defensa y armamento que Rusia ha suministrado a Irán ha sido cuestionada. Rusia había enviado sistemas de misiles S-300 y otros equipos en años anteriores, pero su impacto en el actual escenario bélico parece ser escaso. Recientemente, se confirmó un acuerdo para vender misiles Verba a Irán, pero no hay claridad sobre su entrega efectiva. Por su parte, Irán ha colaborado con Rusia en el contexto de la guerra en Ucrania, lo que complica aún más esta relación.