La confianza que Antonio Pérez y su esposa depositaron en un cuidador para atenderla debido a su esclerosis múltiple se transformó en una amarga traición. En una entrevista, Antonio relató cómo durante siete meses consideraron al joven como parte de la familia, describiendo su relación como si lo hubieran tratado "como a un hijo".
La búsqueda de asistencia llevó a Antonio a publicar un anuncio en busca de un cuidador. El joven se presentó con buenas referencias y rápidamente se estableció un vínculo que trascendía lo laboral. Antonio incluso lo empadronó en su localidad y lo asistió en diversos trámites, incluyendo una visita al dentista. La confianza fue creciendo, hasta que el cuidador comenzó a compartir momentos familiares, acompañándolos en salidas y cenas. Sin embargo, este aparente lazo se rompió de manera abrupta cuando, tras un día libre, el joven anunció que no regresaría más.
La situación se tornó aún más grave cuando Antonio descubrió, durante una cita para la ITV de su esposa, que habían sido víctimas de un robo. Al revisar su hogar, se dio cuenta de que varias cajas estaban vacías y, tras hacer la denuncia, supo que algunas joyas habían sido vendidas. Lo más doloroso para Antonio no fue solo la pérdida económica, sino el valor sentimental de los objetos robados. Ante la falta de respuestas de las autoridades, decidió tomar cartas en el asunto y, junto a un amigo, ideó un plan para confrontar al cuidador. Al final, el reencuentro dejó una sensación de desilusión y tristeza por la traición de alguien en quien habían depositado su confianza.



