En diversas partes del planeta, el viento no solo influye en las condiciones climáticas, sino que también transforma las dinámicas cotidianas de sus habitantes.
Ciudades donde las personas deben recurrir a cuerdas entre edificios para evitar caídas, regiones que aprovechan las ráfagas para generar energía renovable y áreas tan expuestas que la naturaleza desafía cualquier registro meteorológico son solo algunos ejemplos de esta realidad.
Entre los lugares más ventosos se encuentra la Commonwealth Bay en la Antártida, que ostenta el récord Guinness del viento catabático más rápido del mundo, con ráfagas de hasta 270 km/h. Este fenómeno se debe a la combinación de tormentas polares y la topografía de la bahía, que genera corrientes de aire frío capaces de dificultar cualquier actividad humana.
Wellington, la capital de Nueva Zelanda, es famosa por su clima cambiante y sus vientos constantes, con un promedio de 27 km/h y ráfagas que han alcanzado los 248 km/h. La ciudad ha aprendido a adaptarse, incorporando la energía eólica y celebrando la escultura “Consuelo en el viento” como símbolo de su convivencia con estas condiciones.
La Patagonia, que comparten Argentina y Chile, se presenta como uno de los territorios más vulnerables al viento, con velocidades anuales que superan los 25 km/h y ráfagas de hasta 128 km/h en lugares como Punta Arenas y Río Gallegos. En Barrow Island, Australia, se registró la mayor velocidad de viento fuera de un tornado durante el ciclón Olivia de 1996, alcanzando 407 km/h.
El Monte Washington en Estados Unidos también es conocido por sus vientos extremos, con ráfagas de 372 km/h registradas en 1934. En el Medio Oeste, Dodge City se destaca como la ciudad más ventosa del país, con una velocidad promedio de 24 km/h, superando incluso a Chicago.



