A lo largo de la historia, las ciudades han sido consideradas como espacios de concentración poblacional y actividad económica. Sin embargo, en la actualidad, esta perspectiva ha cambiado drásticamente, ya que ahora se ven como infraestructuras productivas por derecho propio. Elementos como calles, redes eléctricas, suministro de agua, sistemas de transporte y áreas verdes han evolucionado de simples servicios públicos a factores que impactan directamente en el valor económico de un territorio.

Las estadísticas respaldan esta nueva visión. Según el Banco Mundial, más del 55% del Producto Interno Bruto (PIB) mundial proviene de las zonas urbanas. Asimismo, ONU-Hábitat advierte que, de no adaptarse las infraestructuras, los fenómenos climáticos extremos podrían reducir la productividad urbana en un 3% anual. Las ciudades han dejado de ser meros escenarios de crecimiento para convertirse en auténticos motores de desarrollo económico. Como se afirma, “el capital ya no se enfoca solo en edificios, sino en sistemas urbanos integrales”.

La manera en que se organiza una ciudad influye directamente en su capacidad para atraer inversiones, turistas y generar empleo. La eficiencia en la movilidad, un suministro energético estable y una buena gestión del agua contribuyen a disminuir costos ocultos tanto para empresas como para hogares. Por ejemplo, las ciudades que implementan transporte eléctrico logran reducir el gasto energético y optimizar los tiempos logísticos. Asimismo, los barrios que cuentan con abundante vegetación pueden disminuir las temperaturas y, por ende, el uso de aire acondicionado, mientras que las zonas industriales con acceso ferroviario disminuyen los gastos de transporte.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estima que cada euro destinado a infraestructura urbana resiliente puede traducirse en beneficios económicos que oscilan entre 2 y 5 euros al evitar paradas en la producción. En este contexto, los espacios verdes, como parques y techos vegetales, han dejado de ser considerados meros espacios recreativos, cumpliendo funciones esenciales como reguladores térmicos y reservorios de agua. Ejemplos como el de París, que ha incrementado sus áreas verdes, han logrado disminuir las islas de calor en hasta 3°C, mientras que Singapur ha integrado vegetación en sus edificaciones para optimizar el consumo energético. La naturaleza ahora forma parte fundamental de la planificación urbana.