La economía digital actual se sustenta en una infraestructura que permanece oculta para la mayoría. Cada transacción financiera, conversación online o interacción en redes sociales depende de una compleja red global de silicio, cobre y fibra óptica que opera sin descanso.

Con el paso del tiempo, esta estructura tecnológica ha sostenido el desarrollo de internet tal como lo conocemos. Sin embargo, estamos ingresando a una nueva etapa donde la Inteligencia Artificial no solo utiliza esta infraestructura, sino que la está reconfigurando de manera radical. Según datos del AI Economy Institute de Microsoft, se estima que hacia finales de 2025, uno de cada seis trabajadores en el mundo incorporará herramientas de IA en su rutina diaria. Este fenómeno implica un aumento significativo en las demandas de cómputo, memoria, conectividad y eficiencia energética para cada interacción mediada por IA.

La naturaleza de la expectativa digital también ha cambiado drásticamente. Hemos pasado de sistemas que simplemente procesan solicitudes a aquellos que pueden razonar, generar y tomar decisiones en tiempo real. La latencia ya no es solo un problema técnico, sino una barrera para la experiencia del usuario. En un entorno donde la IA predomina, las respuestas deben ser instantáneas, contextuales y personalizadas. A pesar de que los dispositivos se han vuelto más compactos, la infraestructura que los sustenta ha crecido en complejidad. La nube ha evolucionado de un modelo operativo a convertirse en el núcleo del sistema económico digital, con centros de datos distribuidos a nivel global que entrenan modelos y procesan datos a gran escala, facilitando nuevas formas de productividad.