La ansiedad es una experiencia común en la vida de las personas y puede manifestarse en diversas circunstancias. Si bien en muchos casos esta reacción es temporal y disminuye al concluir la situación que la provoca, en otras ocasiones puede transformarse en un problema serio que afecta tanto el bienestar físico como mental.
Es fundamental diferenciar entre la ansiedad leve y un ataque de ansiedad. La primera se caracteriza por síntomas como inquietud, pensamientos acelerados y tensión muscular, mientras que un ataque de ansiedad implica una intensificación de estos síntomas, llevando a palpitaciones, sensación de ahogo, mareos y un profundo temor a perder el control o a morir. Esta confusión entre los distintos niveles de ansiedad es común, y muchas personas tienden a aplicar las mismas estrategias para ambos casos, sin reconocer la gravedad de cada uno.
La psicóloga Arrate Mariño destaca que las herramientas para enfrentar una ansiedad leve no son las mismas que las necesarias para un ataque de ansiedad. En estos episodios críticos, el cuerpo entra en un estado de alerta, como si se enfrentara a una amenaza real. Mariño sugiere que, en lugar de buscar relajarse, el objetivo debe ser reconectar con el presente. Una técnica efectiva es utilizar estímulos físicos, como el frío, que ayuda a centrar la atención en algo tangible. Además, el apoyo de otra persona puede ser crucial, ya que su voz puede guiar a quien está experimentando un ataque hacia el momento actual. Finalmente, aunque la respiración profunda es un consejo común, en medio de un ataque de ansiedad puede no tener el efecto esperado, lo que resalta la complejidad de abordar cada caso de manera adecuada.



