Las fuerzas armadas de naciones occidentales están experimentando un cambio radical, impulsado por la necesidad de adaptarse a los nuevos retos tecnológicos y mantener su capacidad militar frente a conflictos que se vuelven cada vez más prolongados.
Un reciente estudio de McKinsey destaca que la clave de esta transformación radica en la implementación de arquitecturas modulares y una mayor integración de tecnologías de inteligencia artificial. Estas innovaciones son esenciales para afrontar las exigencias tecnológicas actuales y el acelerado ritmo de consumo en el campo de batalla.
Este cambio se origina a partir de la crisis que atraviesa el modelo tradicional de defensa. Durante muchos años, los equipos y estructuras militares de la OTAN y sus aliados fueron diseñados para operar bajo esquemas verticales, heredados de la era de la Guerra Fría. Sin embargo, los conflictos actuales presentan dinámicas diferentes, donde las fuerzas combinadas pueden perder miles de sistemas no tripulados mensualmente, y se estima que, en un escenario de alta intensidad, Estados Unidos podría agotar su arsenal de municiones de precisión en menos de una semana.
Ante este panorama, la modernización militar busca reemplazar las antiguas plataformas verticales por un enfoque modular que se estructura en cinco capas fundamentales: la plataforma física, la infraestructura digital de defensa, la malla de transporte de datos, el tejido de interoperabilidad y la capa de aplicaciones y análisis, donde residen las soluciones avanzadas de inteligencia artificial. Cada uno de estos niveles desempeña un papel crucial en la innovación del ámbito militar, garantizando así una defensa más efectiva y adaptable.



