A más de medio año del inicio de la guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán, el conflicto permanece sin una definición clara. Las metas centrales de sus promotores no se cumplieron y, en cambio, la ofensiva derivó en un escenario de desgaste mutuo, con miles de muertos, economías afectadas y una creciente incertidumbre sobre el rumbo de la confrontación.
El conflicto también sumó una crisis estratégica con el cierre del estrecho de Ormuz, una vía por la que antes de la guerra circulaba el 20% del crudo mundial. Después del bloqueo militar iraní del 28 de febrero, el tránsito de buques de carga se desplomó. Entre el 1° y el 27 de febrero, el paso registraba un promedio de 129 naves por día, según datos de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).
El impacto se extendió a los mercados energéticos globales y golpeó a Europa, China, India y al propio Irán, cuya economía depende de la venta de petróleo. La incertidumbre sobre la seguridad del suministro impulsó los precios del crudo y alimentó una nueva presión inflacionaria sobre las economías occidentales. Seis meses después del comienzo de los bombardeos, la falta de resultados deterioró seriamente la credibilidad del presidente Donald Trump y dejó a sus promotores frente a un pantano estratégico sin una salida viable a la vista.



