La reciente declaración de Donald Trump sobre el inicio de operaciones en Irán ha traído a la luz la figura central del régimen iraní: la Guardia Revolucionaria, conocida como IRGC. Entre los objetivos de estas acciones se mencionan figuras clave como el ayatollah Ali Khamenei y el comandante de la Guardia. Sin embargo, la eliminación de estos líderes no garantiza la caída inmediata del régimen, lo que nos lleva a analizar la complejidad y el poder que ejerce esta organización en Irán.

Fundada en 1979, poco después de la revolución que destituyó al Shah, la IRGC tiene como misión principal proteger la revolución islámica, no solo el Estado iraní en términos generales. Esta diferencia es fundamental para entender su resistencia ante cualquier intento de desmantelamiento. A diferencia de las fuerzas armadas convencionales, que dependen del gobierno, la Guardia Revolucionaria responde directamente al líder supremo, lo que le confiere una legitimidad que ha perdurado a lo largo de las décadas.

Con una fuerza que oscila entre 150.000 y 190.000 efectivos, la IRGC no solo tiene su propia estructura militar, sino que también controla un amplio imperio económico. Desde la década de 1980, tras la guerra con Irak, se le permitió expandir su influencia en la economía, lo que resultó en su participación en múltiples sectores, incluyendo la construcción y las telecomunicaciones. Este control económico le permite a la IRGC no solo mantener su poder militar, sino también influir en la vida diaria de los iraníes, estableciendo un sistema que mezcla la represión con el control económico.