La elección de José María Balcázar como nuevo presidente del Congreso de la República representa un cambio significativo en comparación con las expectativas iniciales, que favorecían a María del Carmen Alva. En una votación reñida, marcada por negociaciones de última hora, el Parlamento decidió optar por un candidato considerado "menos polarizante" y más apto para conducir en un contexto de extrema fragmentación política.
Esta decisión no solo influye en la dirección del Legislativo, sino que también tiene repercusiones en la línea de sucesión constitucional, en un momento en que la estabilidad política depende en gran medida de las dinámicas internas del Congreso. La actual composición del Parlamento carece de mayorías sólidas, lo que obliga a las distintas bancadas a negociar cada voto y a formar alianzas transversales para respaldar candidaturas.
La figura de María del Carmen Alva, a pesar del apoyo que recibió de su partido, enfrentó resistencias en varios sectores debido a su gestión anterior, caracterizada por controversias y enfrentamientos que dificultaron la construcción de consensos. En este sentido, Balcázar capitalizó la falta de apoyo consolidado para Alva y logró obtener el apoyo de grupos que priorizaron la posibilidad de establecer una mayoría, más allá de coincidencias ideológicas. Así, su elección parece ser un reflejo de la necesidad de mantener un equilibrio interno en un escenario político frágil.



