En el corazón de Madrid, tras una pequeña puerta de madera desgastada de un tono verdoso, se encuentra el taller de José Luís López Domínguez, un maestro rejillero de 63 años que ha heredado su oficio de generaciones. A pesar de la transformación del barrio, que ha visto cómo las tiendas de souvenirs y negocios asiáticos han proliferado, el taller familiar, inaugurado en 1910, se mantiene firme ante el paso del tiempo.
Al ingresar al local, se observa un ambiente artesanal donde las sillas de mimbre y otros muebles se disponen con cierto desorden bajo la luz que entra por la puerta. Sin maquinaria moderna, López utiliza únicamente sus manos y un destornillador para llevar a cabo su trabajo, empleando junco de Asia, un material altamente flexible que facilita su labor. “Este oficio es completamente manual, y cada pieza es única”, asegura el artesano.
A lo largo de su trayectoria, López ha visto cómo su clientela ha cambiado. Antes, el 90% de su trabajo provenía de encargos de profesionales, pero ahora la mayoría de sus clientes son particulares que buscan reparar sus muebles. “El cambio ha sido drástico; antes, un solo cliente podía traerte varias sillas a la vez, ahora necesitas atender a muchas personas para alcanzar el mismo volumen de trabajo”, explica. Entre sus clientes más notables se encuentran Casa Real y Moncloa, aunque guarda gratos recuerdos de personalidades como Lucía Bosé y Antonio Fraguas “Forges”. “La fidelidad de mis clientes es clave; muchos buscan conservar los muebles que les dejaron sus padres”, concluye.



